El Templo del Dragón Púrpura (parte II)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 

Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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(….) Cuando te la pasas jugando con filos, eventualmente te cortas. Tuve la suerte de que me tocase empuñar el cuchillo en esos momentos, de que me jodieran y reaccionara, es todo. Un día de estos a otro le va a tocar matarme. Tan sencillo como eso.”

Los recuerdos de Thunder eran claros. Más que recordar, revivía. El fuego, los gritos. Eran malvados. No había problema.

– ¡Tomen esto, hijos de perra!! – Mucho tiempo de rencores ocultos explotaron en él de una manera catastrófica, posesionándolo con ira y ansia de sangre.

– ¡Agárrenlo!- dijo el jefe de la banda -¡Quiero su maldita cabeza!

– ¡No escaparé, perros! – El joven de ese entonces adquiría una increíble habilidad con las armas – ¡No, nunca más!

Ellos no tuvieron oportunidad. El gritaba y disparaba, disparaba. Sus ojos brillaban, ajenos al entorno. El joven ya no era el mismo. El cielo se poblaba de nubes. Una tormenta caía sobre sus hombros, sobre su cabeza, sobre sus ojos. Exhausto, el joven se dejo caer de rodillas, en medio de ese infierno creado por si mismo. La culpa o debilidad lo olvidaron. Ahora se sentía fuerte, muy fuerte. Cobraría venganza.

–       Tercia de sietes – dijo Prot.

–       ¡Rayos! Tercia de cincos.

Prot, quien, en su búsqueda de información, vio en Thunder una historia digna de oírse. Continuaban solos ellos dos, acompañados solos del cyborg expendedor y el zumbido eléctrico de los dispensadores de licores automáticos.

–       Así que si fue al Templo del Dragón Púrpura ¿el monje logró convencerlo?

–       No. Fue por otra razón. Cuando a los padres se les mete algo en la cabeza no hay manera de quitarles esa maldita idea. Bueno, así eran los míos. Lo siento por el resto de la familia.

–       ¿Tuvo hermanos?

–       Si. Seis. Abraham, Judith, María, José, Ezequiel, Lucas. Me gustaría saber que están haciendo ahora. Creo que mi planeta natal se ha integrado a la Confederación de Sistemas. Si es así, habrán cambiado muchas cosas.

–       Esa nueva organización autodenominada la Confederación de Sistemas parece tener un gran futuro.

–       ¿Tú crees?

–       Impartir justicia e impedir la colonización de planetas salvajes me parece una buena intención.

–       Además de poner precio a las cabezas de varios criminales, cosa que beneficia mi negocio. Ignoro lo que sucederá con esa Confederación en el futuro, pero deseo que a ellos no les cause problemas. Digo, si siguen siendo como yo los recuerdo.

–       ¿Qué edad tenia usted en ese entonces?

–       Diecisiete. luego seguía Abraham, Judith era la tercera. A como yo recuerdo.

Los ojos de Thunder se perdieron por un momento en el horizonte, atravesando la sucia ventana a su derecha, como si viajaran lejos de allí.

“El mar. A pesar de todo, siempre me agradará el mar. Ah, siempre me pongo raro cuando pienso en ellos. Ya no lo hago mucho, porque sé que están bien. Deben estar bien. Eran unos mocosos muy fuertes. Nosotros no teníamos padres estrictamente hablando, ya que se la vivían en el trabajo, juntando dinero para llevarme al Templo. Cuando vieron que no alcanzaba, nos pusieron a trabajar a todos.”

–       ¡Judith! ¡Judith!

Una voz se acercaba. La voz de un niño pequeño corriendo por la costa. Lucas era el más chico de los hermanos, el mas indefenso y maltratado.

–       ¡Hermana!

La joven de catorce años llevaba una gran canasta.

–       ¡Aquí estoy!

Se dieron un abrazo. Ella había ido a recoger el pescado para la comida de la noche, y ahora partían joven y niño de regreso a casa, con el alba a sus espaldas. David dejó la lancha, y caminaba detrás de ellos, con la idea de darles un susto. Se acercaban a la carretera, cuando vieron a sus padres hablando con una pareja desconocida, al parecer adinerada, en un auto, bajando los cuatro con cara de satisfacción. Parecía que hubieran concertado un gran negocio.

–       ¡Hija! – dijo la madre, extrañando a Judith, porque nunca era tan amable – ¡Nos alegra encontrarlos! ¡A ti y a Lucas!

–       ¿Pasa algo, mamá?

–       Sabes que tu papá trabaja en la casa del Sr. Rogers. Le tiene una gran confianza, ya que nos ha ayudado mucho. Debemos estarle agradecidos.

Judith endureció al rostro, al recordar los “favores” que su madre mendingaba: porciones de comida caducada, algunas limosnas, ropa vieja y bastante desprecio.

–    Lo sé, mamá.

–       Los señores tienen un serio problema – dijo el padre – verás, ellos no pueden tener hijos…

Judith se aterró. Tomó a Lucas entre sus brazos, aferrándolo ansiosamente.

–       ¿En que están pensando?

Su papá trataba de parecer sereno, aunque obviamente la situación se le iba de las manos. La madre intervino por segunda vez.

–    Sabes que la estamos pasando mal, hija, tu padre y yo trabajamos hasta morir, pero aún tenemos muchas necesidades. Nos duele ver como ustedes la pasan terrible.

–       Hija, escucha primero antes de que nos juzgues – dijo el padre- Es por darle una mejor vida al pequeño Lucas, ellos lo alimentarán, le darán techo, educación, cariño… Lo querrán como a un hijo…

–       Tu iras con ellos también – dijo la madre – serás su ama de llaves… cuidarás a Lucas…. Incluso te pagarán un salario. Podrás visitarnos cuando quieras…

–       ¡No! –contestó Judith – ¡No lo haré!

El Sr. Rogers era un político. Todos los políticos necesitan niños para lucir bien. Ya había convencido a los padres de venderle al pequeño de cuatro años, e incluso también de llevarse a la hija, así que no permitiría que su dinero se desperdiciara.

–       Tómalo con calma, jovencita. Es por el bien de toda tu familia. Tienes mi palabra de que…

–       ¡No! ¡No lo haré!

Judith corrió de regreso a la playa, cargando a Lucas. Fueron tras ella, quien caía a menudo, enredándose con las rocas y sus propios pies.

–       ¿Alguien puede decirme que demonios piensan que están haciendo?

David alcanzó a sus hermanos, con el corazón casi a reventar, testigo lejano de la escena. Sin importar de lo que se tratase, el los protegería.

–       ¡David! – gritó Judith – ¡Quieren vender a Lucas con esos señores!

–       ¿Están locos? – arremetió el joven – ¿En que están pensando?

Judith con el niño aún en sus brazos, se escudó detrás de la fornida espalda de David, sollozando de miedo y rabia. El padre, Jacob, dio el negocio por perdido. David, el mayor de sus hijos, prefería morir antes de retroceder. Toda la musculatura del joven se hallaba tensa, lista para el contrataque.

–       Antes que nada déjame explicarte la situación…- dijo nerviosamente Jacob

–       ¿Saben que? ¡Olvídenlo! ¡Ustedes son los peores padres que…! ¡Vender a su propio hijo! ¿Tanta es su avaricia? ¿Están locos, por el amor de Dios?

–       ¡Somos tus padres y debes respetarnos! – gritó Jacob –  Lo que hacemos es por el bien tuyo y de tus hermanos ¿No has pensado en que Lucas tendría un mejor hogar y una mejor vida? ¿Qué tu hermana podrá estudiar? ¿Qué tendremos muy pronto el dinero para mandarte al Templo del Dragón Púrpura?

–       Incluso, si contamos el salario de Judith, podremos enviar a tus otros dos hermanos, Abraham y José, a vivir contigo al Templo. Imagínate, ¡Tres sacerdotes en la familia!

Con tan solo oír el nombre del Templo del Dragón Púrpura, David se ponía furioso. El saber que sacrificaban a sus hermanos por ese sueño estúpido lo enloquecía de rabia.

–       Ni lo piensen – y dijo, dirigiéndose al político, aún presente y en espera de su mercancía – lo siento muchísimo, pero Lucas se queda con nosotros. Mis padres le regresarán su dinero. Judith, vámonos.

–       Muchacho irrespetuoso, no permitiré que te largues sin siquiera escuchar…

–       ¡ESCUCHE ESTO!

Un certero y efectivo puñetazo en el estómago fue la respuesta de David. Sus padres sentían la muerte, mientras ayudaban al Sr. Rogers a incorporarse del golpe, ignorando a los tres hermanos que huían rápidamente, hacia la carretera, sin mirar atrás…

“Ellos están bien. Son resistentes. No tuvieron ninguna culpa de tener esa fea vida. Supongo que por eso los niños siempre sacan lo poco de bueno que queda de mí. Puedo joder a matones, criminales, hijos de perra, abusadores, violadores, toda la maldita escoria que abunda en los mundos. Esos que me teman, si quieren. Pero no niños ni mujeres inocentes. Lo dicen las reglas del juego, y si uno desea conservar algo de humanidad entre tanta mierda en la que te sumerges, tienes que respetar eso. Un día un perdedor me pidió eliminar a su esposa y tres niños, para cobrar el seguro. No solo lo pateé hasta hacerlo escupir su hígado, lo llevé a la policía y, adivina, ¡buscado en todo ese sistema por fraude y asesinato! Gane mas créditos de los que él me ofrecía.”

–       ¿Qué le parece – dijo Prot – si apostamos algo para hacer más entretenido el juego?

–       ¡Vientos! Estaba a punto de quedarme dormido. Abro con… cinco créditos, para empezar.

Mientras el maiar repartía, Thunder tuvo un curioso recuerdo.

–       Chistoso. Estoy empezando a recordar mas cosas.

–       Se le llaman memorias suprimidas. Usted se esta abriendo, liberando esas impresiones

–       ¿Eso es bueno?

–       Los teóricos de la mente predican que es saludable para su psique.

La cara de Thunder decía “¿de que rayos estas hablando?” El maiar sonrió.

–       Es bueno

–       Yo de escuela, nada… solo soy un pobre cazarrecompensas. Lo que me enseñaron en el condenado Templo fue muy poco. Más bien fue un rajado infierno. Para que lo entiendas… ¿Qué es el mal para ti? ¿Lo mas feo que te puedas imaginar?

Esa fue una pregunta difícil para Prot, por su carencia de experiencias propias.

–       Solo puedo darle la definición de mi sistema progenitor. “Estado o acción de destrucción tanto física y mental, sin razón aparente o el beneficio a terceros”

Thunder terminó su segunda cerveza.

–       Pues, amigo, el Templo del Dragón Púrpura era peor. Mucho peor.

“Llegar allí fue un triunfo sobre la adversidad. En condiciones normales, al ver la puerta hubiera dado la media vuelta para largarme inmediatamente. Pero no podía. En ese entonces hice una promesa, y tenía que cumplirla. Así que solo apreté mis pantalones, jale aire y entré.”

“El Templo del Dragón Púrpura… y a todo esto ni te he dicho que es o de que rayos se trataba. Hace mucho tiempo, existía una escuela de artes marciales y filosofía, en donde sus integrantes tenían la categoría de monjes. Allá en el pasado, eran una hermandad cultivadora de conocimiento, con la doctrina de dominar al cuerpo con el poder de la mente. Tenían un montón de leyes e ideas extrañas, bajo las cuales supuestamente se regían. Malnacidos. ¿De que vivían? ¡Eso era lo interesante! Supongo que al principio tenían sus propias cosechas y recursos, pero, con el tiempo, la gentes le donaba bienes por sus ‘buenos actos’. Acumularon riquezas, se volvieron poderosos. Los gobernantes pedían consejo y aprobación, así que muy a menudo había un monje del templo junto a un político, dándole buena imagen. Así fue como el Templo se alió al gobierno, cada cual enriqueciendo y corrompiendo al otro, hasta convertirse en lo que yo vi, cuando era un muchacho, al abrir sus puertas.”

(continuará…)

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