En la ventana

“Soy yo. Soy Borges”
Leí la frase y me pareció perfectamente eufónica. Traté de adecuarla a mi nombre:
“Soy yo. Soy Oliveros”
Más sin embargo, hay un problema. Mientras que “Borges” es masculino, y concordante con la imagen del gran escritor (más por moldeamiento temporal que por razones lingüísticas) “Oliveros” carece de la fuerza para representarme. Es el nombre de un personaje ficticio, creado para dar fuerza poética a Roldán en su Cantar.
El duque de Oliveros (u Olivares) nunca existió. Eso me hace sentir la falsedad de mi nombre, como si fuera una exiliada que se ha inventado un pasado, un pasado de batallas literarias.
En eso pienso mientras miro por la ventana, con la mano derecha tomando los barrotes y la izquierda por fuera, hacia la calle, sosteniendo la taza de café fría y vacía, sin fuerza, colgando de mis dedos. El vecino, un señor de edad, me mira.
Quizás se pregunte que hago mirando a la calle, después de la lluvia, en la tibieza de la tarde.
Podría contestarle que estoy esperando al cartero, aquel que viaja es la única moto de la oficina postal local. Estoy en la ventana porque quiero verlo llegar, estacionarse, sacar el paquete y, con ceremonia, leer mi nombre como el destinatario. Quizás le llame la atención ver la dirección del remitente, y darse cuenta asi de la distancia total que viajó ese sobre. Quizás, aunque lo dudo, por un instante, su mente vislumbre que ese sobre tomó un avión para llegar a mi ventana, siendo el uno de los últimos segmentos de ese viaje internacional. Un milagro moderno, el acortamiento de las distancias, la comunicación entre naciones hermanas.
Pero eso es mentira. El paquete no llegará ciertamente hoy. Así que se bien que no estoy esperando al cartero, cuya agenda de reparto es de lo más misterioso.
También podría decirle que espero a un amigo. ¿No es algo de lo más agradable, ese encuentro lento, de ver a esa persona venir a ti? Aguardar ese momento justo para saludar sin gritar, la distancia correcta para ver la sonrisa, mientras se acerca, agrandandose y definiendose hasta hacerse palpable. ¿Y no es delicioso, también, ver que alguien aguarda por ti con la ventana abierta, pacientemente? Llegar a la puerta y saber que tu visita cumplió su objetivo, porque está allí, el encuentro se dio, las miradas con palabras se intercambiaron.
Sólo que, eso tampoco es verdad. Se que no vendrá. No hoy. Nunca regresará..
Los aparto de mi mente, el paquete que no llega y el amigo que no viene. Veo de nuevo al señor de edad en la acera de enfrente y se que el ve la taza de café que cuelga en mi mano.
Ambos sabemos lo que hacemos. Sólo vemos la calle. Su humedad, las personas por sobre de ella, esas casas que crecen sobre su superficie, los coches, las bicicletas…
“Soy yo. Soy Ceci”
Aún no me convence. Es un nombre demasiado chico para englobarme. Aunque si dijeran mi nombre verdadero en algún idioma más descriptivo, como el éntico, acabar sería difícil.
Saludo a alguien que pasa. Es hora de cerrar la ventana. El señor también se ha metido a su casa. Puede que llueva.
“Soy yo. Soy la Escriba”

Mucho mejor.

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