El Templo del Dragón Púrpura (parte I)

Los Aniquiladores de Planetas: Origen © 

Número de Registro: 03-2009-120213182200-01

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El Templo del Dragón Púrpura.

Era un desierto sin nombre.

Estaba en un planeta clase II, según la nueva clasificación de la Confederación de Sistemas. Principalmente era un planeta de paso, donde los cansados viajeros paraban a tomar un trago, dormir un poco, sentir la gravedad. Después abordaban de nuevo sus cargueros intergalácticos y continuaban haciendo su trabajo. También había allí muchas personas con el simple oficio de vagar a través de los mundos, ganándose la vida de maneras nada ortodoxas.

En un bar, justo en medio de ese desierto sin nombre…

El tipo grandulón bajó de su moto de ocho cilindros, y la aparcó a un lado de la fachada. En ese momento, solo estaban el cantinero cyborg y otro cliente, un maiar, esos seres de pequeña estatura, piel azulada y ojos con forma de avellana, negros y brillantes, parecía que no tenían nariz y su boca era muy chica. Al recién llegado le causaban gracia, pues le recordaban clones a medio madurar.

–       ¿Qué le sirvo?- dijo el cyborg.

–       Cerveza helada – contestó el tipo rudo

–       Procesando…

El robot dio la media vuelta, tomo un tarro y lo llenó con la espumosa bebida recién salida del barril, enfriada con hidrógeno liquido.

– Quince créditos, señor – sonó la voz cibernética.

– Cóbrate – le lanzó una barrita de metal, la forma mas común de moneda.

El tipo llamó la atención del maiar, quien inició la plática.

– Mi nombre es Prot, ¿Le molestaría decirme el suyo, señor?

El aludido volteó.

– ¿Por qué quieres saberlo? – contestó.

– Somos dos individuos solitarios sin ninguna ocupación momentánea. ¿Le gustaría entablar una conversación? ¿O jugar cartas? Le diré que solo domino lo que nos humanoides cero llaman póker, pero lo juego muy bien.

-Thunder X. – añadió con una sonrisa – Eso esta por verse.

Ya con las cartas sobre la mesa, Thunder y Prot tomaron confianza.

– Creo que he ganado – dijo el maiar – ¿Desea una revancha?

– ¡Claro! Oye Prot, – y apuró un trago de cerveza –  ¿Puedo hacerte una pregunta?

– Adelante.

– ¿Que carajos hace un maiar como tú, en un lugar como este?

– Viajo. Trato de acumular conocimientos, la actividad propia de un maiar.

-Y… has de haber visto cosas muy raras. – se aventuró a decir, mientras revolvía el mazo.

– Lamento decirle que no. Verá soy un clon, creado hace pocos ciclos espaciales. Fui transportado aquí justo después de obtener la consciencia. Es el primer planeta que conozco.

– Ya veo – dijo Thunder, tomando otro trago

– ¿Usted visto cosas extrañas, señor Thunder?

–  Muchas

– ¿Cuál ha sido la mas increíble?

Thunder se echo para atrás en la silla. Miró el ventilador, mientras acomodaba sus recuerdos. Con sus gestos daba a entender que le costaba trabajo discernir, pero, por fin, hizo su elección.

– Un dragón

El maiar enmudeció, permitiendo que Thunder siguiera hablando.

– Un dragón púrpura volando por encima de mi cabeza.

– ¿En verdad? ¿Y como era?

Thunder humedeció su boca con otro trago de cerveza. Miró sus cartas, pero solo para mantener la vista ocupada, pues su mente estaba en otro sitio y en otro tiempo.

– Jodidamente enorme. Brotó del suelo, justo frente a mis pies. Tenía una tremenda cabeza rodeada de flamas azules, un largo cuello, y el cuerpo escamoso. Esas malditas alas cubrieron al sol sobre mí, y pude ver sus brazos y patas colmados de garras. Se movía rápido, haciendo destrozos a diestra y siniestra. Al acabar de incendiar y demoler las cosas que tenia cerca, alzó el vuelo, movió el hocico solo para escupir un chorro de fuego a mi izquierda, para retorcerse como una serpiente y desaparecer. Aunque volteé y lo busqué con los ojos, ya estaba lejos. No tengo idea de adonde se largó. Y no lo he vuelto a ver desde ese entonces.

Thunder regresó al juego, acomodando sus cartas. Prot se maravilló con esa descripción y pidió más.

– ¿Dónde conoció al dragón? ¿Cuándo?

– Hace tiempo, cuando era un muchacho

– ¿Y?

-¿A que te refieres con “y”?

– Mire, hagamos un trato. Si yo pierdo, le contaré sobre el científico que me creó, lo poco que sé acerca de él y sus proyectos. Si yo gano, me hablará de cuando era un muchacho ¿De acuerdo?

-¿Por qué no? – dijo Thunder, entusiasmándose de golpe – ¡Venga! Tercia de reyes.

– Póker de seis

– Demonios

“Mi planeta era parecido a este. Pero yo no vivía en el desierto, sino en el mar. ¿Conoce el mar?Me alegro, eso ahorrará la explicación. Era pescador. Mi familia, miserable. Yo era el mayor de todos los hijos, y eso da ciertas responsabilidades, así que pescaba principalmente para darles de comer a seis bocas hambrientas y ansiosas. Cuando no estaba trabajando con las redes, era un chico normal. Jugaba en la calle, molestaba a las chicas, me metía en problemas, perdiendo el tiempo como cualquier crío en una esquina, aprendiendo a fumar, comiendo chatarra y maldiciendo al por mayor. Pero siempre me sentí distinto. Poseía una resistencia increíble. Al dolor, a la vergüenza, al ridículo, al hambre, a la pobreza. El mundo podía caérseme encima, y yo encontraba una rendija estrecha para escapar, sacudirme el polvo y decir ‘ahí vamos de nuevo’. Eso molestaba a mis padres, quienes inventaban que lloraba desconsoladamente por las noches, porque les temía, y me azotaba la culpa de ser un malcriado desobediente o algo así, pero era basura. Ellos nunca me vieron llorar. Y nunca lo he hecho. Sin embargo, no siempre fui el bastardo que soy ahora. Digo, cuando se es joven aún se tienen esperanzas. Los que tienen buena suerte, las conservan. Los que tienen mala, las pierden. Y la mía quedo echada cuando ese maldito monje pasó por enfrente de mi casa”

Unos gritos perdidos entre la respiración de una muchedumbre…

– ¡David! ¡Tapa las goteras, con un diablo!

– ¡Voy mama!

Un suburbio citadino. Hogar tras hogar apilados tras de sí, una colmena de hombres tratando de sobrevivir a ellos mismos.

– ¡Mas a la derecha! ¡Cuidado y te caigas!

– ¡Voy mama!!!

David se quito la camisa, para no arruinarla con sol y grasa impermeabilizadora. Él era  el más fuerte de la familia. Entonces, un anciano, miembro del Templo del Dragón Púrpura, caminaba por la acera de enfrente. Al escuchar los gritos de la mujer, clavó sus ojos en David.

– ¿Estas ciego? ¡Muchacho tonto!

– ¡Aquí se necesita algo mas que  grasa! ¡Abraham, Abraham! ¡Trae por favor una viga!

– ¡David! ¿Qué crees que estas haciendo? ¡Soy tu madre! ¡Hazme caso y obedece!

El joven en el tejado no le oía. Trabajaba duro, con ayuda de sus hermanos, arreglando el agujereado techo de su casa.

El anciano se acercó a la mujer.

– ¿Cómo se llama el chico, señora?

– Soy su madre, Inés. Él es David…

– Es muy fuerte

– Si… – agrego la mujer con vanidad – es nuestro orgullo. Es un muchacho muy valiente.

– Será un excelente aprendiz de monje. Si aprende, sería respetado.

La mama de David escuchaba emocionada ¡Un sacerdote del templo mas venerado decía que si hijo seria un excelente aprendiz!

-¿Respeto? – preguntó Inés

– Claro. Sabe usted que los monjes tenemos muchos privilegios. Al igual que las familias de los monjes. Por supuesto, cuesta dinero, el viaje, el diezmo al monasterio, y todo lo demás, pero vale la pena. Cuando David regrese, con su sola presencia los vecinos suyos le darán dadivas, comida, ropa. El gobierno les da subsidios a los monjes. Subsidios jugosos.

“Carajo. Recuerdo ese momento como si fuera ayer.”

– ¡Toma! –Thunder desplegó su juego- ¡cuatro ochos!

– Lo felicito. Mis tres reinas no son competencia. – respondió el maiar con amabilidad.

– Ahora le toca a usted… veamos… cuénteme…

Thunder sudaba a la gota gorda y no tenía humor para pensar

– ¿Habrán atrapado al infeliz de Frag -Tazz?

– ¿Esa es su pregunta?

– Ah… olvide eso del acuerdo. Hablemos de cualquier cosa

– ¿Por qué le interesa conocer el destino de ese individuo?

Thunder saco de su chaleco un puro y un encendedor. Contestó fumando.

– Soy cazarrecompensas. Ando siguiendo su rastro. Me ha costado algo de trabajo, pero soy autodidacta, y mejoro rápidamente.

“Fue un trabajo que me cayó como anillo al dedo. Perdido en el desierto, con los cadáveres de esa banda ¿Qué otra cosa podía hacer? Eran mis cadáveres. Los primeros de toda mi vida. No digo que nunca había querido matar a alguien. Especialmente en el templo. Pero esa noche, esa en especial, descubrí mi vocación. Tomé una metralleta, después de degollar a los guardias. Desde la duna que los cubría, disparé y disparé como loco. Al bajar de allí, rematé a los pocos restantes. Después de eso, quemé su campamento. Tome sus armas y vehículo. Metí los cuerpos allí. Al día siguiente, los llevé a la policía. Y no porque quisiera hacerle un bien al universo, sino por el dinero. Necesitaba efectivo para dejar el planeta, cambiar de vida. Matar malvados por dinero era una buena opción. Así que esa es mi profesión ahora. No disfruto matando gente. No soy un rajado asesino, solo hago lo que la vida me ha enseñado a hacer. Estoy seguro que muchos en mis zapatos habrán sentido remordimientos, asco o se hubiesen vuelto locos al ver la sangre de una docena de bastardos encima de ellos. Pero yo no. Hice lo que podía y tenía que hacer. ¿Preguntas si alguna vez siento culpa? Debería, pero no es así. Alguien iba a matar a esos malnacidos, tarde o temprano. La policía u otros más desgraciados que ellos. Cuanto te la pasas jugando con filos, eventualmente te cortas. Tuve la suerte de que me tocase empuñar el cuchillo en esos momentos, de que me jodieran y reaccionara, es todo. Un día de estos a otro le va a tocar matarme. Tan sencillo como eso.”

(continuará…)

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