Una consulta vespertina

Este es otro cuento que brota del baúl de mis memorias. Por desgracia, está mas deteriorado que el anterior, y no recuerdo bien el título, mucho menos el autor. Lo leí en un libro de la preparatoria, seguramente de la materia de taller de lectura y redacción. Es una muestra de como solo una frase puede darle sentido a la narración.

Si a alguien lo reconoce, y, milagrosamente, recuerde el título y el autor, no dude en comentarlo, que recibiré el dato de muy buena gana.

Sin mas preámbulos…

El ventilador giraba lentamente, moviendo el aire caliente. Eran las seis de la tarde, y la luz del sol se teñía de rojo y dorado. En ese sopor tranquilo, el dentista seguía el ritual diario de esterilizar su viejo pero bien conservado material. Una actividad mecánica y sistematizada, interrumpida por la voz destemplada de un niño pequeño.

– Papá.

El dentista no aparta la vista de su trabajo.

– ¿Que?

– El presidente municipal esta  afuera. Quiere que lo atiendas.

– Que venga mañana.

Los pasos cortos y rápidos indicaron que el niño corrió a la entrada del consultorio a dar su mensaje. Los mismos pasitos, de nuevo, nos dicen que regresó.

– Papá

– ¿Que?

– Dice que si no lo atiendes ahora te pega un tiro.

El dentista responde, con absoluta seguridad.

– Pues dile que venga a pegármelo.

Levantándose de su banco, enjuaga sus manos de la solución desinfectante y va a la parte anterior de su consultorio, donde estaba la silla que heredó de su padre, el gabinete que heredó de su abuelo, y la lámpara de exploración, amarillenta y algo opaca, que recibió de un tío lejano en Querétaro. Su consultorio inspiraba el respeto y la veneración que el único dentista del pueblo, dentista por tres generaciones, debía tener. Respeto infundado aún en el presidente municipal, sentado ya en su posición de paciente y esperando atención.

– Buenas tardes, señor presidente.

– Buenas para usted, será. Esta maldita muela me tiene 3 días y tres noches sin dejar pegar el ojo. Haga algo.

El moreno y curtido rostro del presidente , afeitado a medias, pues la navaja había respetado la mejilla hinchada, esta enrojecido de  vergüenza. Sus ojos vacilaban entre la amenaza y la súplica. Se da el primer diagnóstico.

– No luce bien.

– Eso ya lo sé. Quien sabe que diablos comí…

– Abra la boca.

La luz penetró en las fauces malolientes, mientras, con un abatelenguas, se apartan las encías enrojecidas.

– Enjuáguese.

En la escupidera de porcelana cae un espumarajo de saliva espesa, agua y pus.

– Esta infectada. No tiene remedio.

– ¿Entonces? – pregunta el presidente municipal, sospechando la siguiente respuesta.

– Habrá que sacarla.

– ¿Ya? ¿Ahorita?

– Si. Y sin anestesia.

– No me joda. Ahí tiene, lo he visto, es ese frasco que parece de agua, ¿no? Úsela conmigo.

– La infección esta muy avanzada. Le dolerá el piquete, pero no hará efecto.

Un silencio soporífero, interrumpido por el bailar de las aspas del ventilador. Después de meditarlo, el presidente da su consentimiento.

– Hágalo.

Con una actitud casi religiosa, se disponen los instrumentos recién desinfectados sobre la bandeja. El separador, tiranervios, pinzas, gasas, algodón.

– Enjuáguese.

El procedimiento es tortuoso y complicado. La muela estaba podrida, y cada roce del metal con el esmalte manchado era un suplicio. Hasta que al fin, cuando el dentista tenía bien sujeta la pieza, las pinzas correctamente colocadas, y él mismo apoyado para ejercer la fuerza justa en el ángulo correcto, dijo al señor presidente.

– Aquí nos paga tres muertos.

La cara del presidente es una contorsión de dolor y humillación. Sus pies vibran sobre los descansos, moviendo la silla con el arqueo de su espalda. Unas lágrimas tímidas escurrieron por las grietas del rostro para perderse con rapidez. Sus ojos se cierran y abren varias veces, a la vez que ahoga el grito que trata de escapar por su garganta.

El dentista permaneció inmutable.

– Ya está

El diente culpable cae escandalosamente sobre la palangana. El presidente se reincorporó, buscando el vaso de agua, evitando la mirada directa de su salvador.

– Muerda esto – dice mientras le pasa una bola de algodón – Haga buches con este liquido, tres veces al día, para que no se le vuelva a infectar. Si le sangra mucho, vuelva a verme.

Sin agradecer o despedirse, el presidente municipal deja la silla con rapidez y se lanza por el umbral de la puerta hacia la calle. El sol se ha escondido ya. La voz del niño vuelve a oírse.

– Papá

Recolectando sus utensilios, responde de espaldas.

– ¿Que?

– Dice mamá que ya si acabaste.

– Dile que ya

El niño se pierde tras la puerta posterior, que da a la casa. El dentista continua con el ritual interrumpido, justo como todos los días, sin excepción. Esto fue solo una consulta vespertina. Y nada más.

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