De el poder de la mente

Recuerdo estar en un oscuro quirófano. Un niño estaba cubierto con una sábana blanca, y yo a su cabeza, con bata, gorro y cubrebocas, iniciando el procedimiento. Un hilo de sangre cae de su abdomen, quizás de la incisión o de su herida, no lo tengo muy claro. Solo que había mucha oscuridad. Y yo estaba sola.

Después me dan la noticia. El niño murió. Y yo estoy bajo investigación. Todos saben que no fue mi culpa, no dudan de mi calidad como cirujana, pero el niño esta muerto y mis manos estaban dentro de sus intestinos cuando eso ocurrió. Se me trata con comprensión y frialdad. “Sabemos que tu no lo causaste”, me dicen, “pero tenemos que comprobarlo.”

Una tarde fría. Estoy en mi consultorio. El Dr……. entra. Un conocido mío, cuya relación con el esta en la zona limítrofe de amigos, buenos amigos y más que amigos. Sin embargo, trae un expediente en la mano, y de manera profesional, me dice:

-Lo mejor será que te retires del hospital en lo que se aclara esto. Puedes trabajar por cuenta propia.

Mi casa en un cielo gris. Veo por la ventana las nubes opacas, pajizas. Mi destino esta en vilo. Me miro a mi misma en un consultorio que esta afuera de la ciudad, es luminoso e irradia ese cálido ambiente de la tradición. Tiene un aparador de cristal, idéntico al de las boticas de hace cincuenta años. Hay una silla que parece de barbero y las paredes están recubiertas con madera. La bata blanca me queda grande, y luzco como una niña. No sería tan malo, trabajar y vivir allí.

El Dr…. habla de nuevo conmigo. Mira una y otra vez las hojas del expediente, con aprehensión. De antemano se que lo que va a decirme no es bueno.

– No fue causa directa tuya. La herida… el accidente… fue grave… secuelas… pero los padres están alterados. Piden… debes irte de la ciudad. Desaparecer un tiempo. Cuídate las espaldas. No se lo tomaron a bien.

Mi madre y mi hermana, con tal de animarme, me llevan a una feria de artesanías.

– Es invierno – dije al salir al exterior. – Eso explica el frio…

Toldos y tenderetes por doquier. Estoy triste, pero mi familia no lo nota. Todo es gris y hostil. Ellas se acercan a un puesto de gorros y bufandas. Yo tomo asiento en una butaca de tablas. Abrazo mis rodillas. Mi mamá platica con mi hermana, alegre y entusiasta. “Este te quedará muy bien, pruébatelo, pruébatelo”. Mi hermana ríe.

Yo las miro con tristeza.

“Aquí estoy mamá. Yo también quiero probarme un gorro”

Pero no me ven.

“¿Porque no me ofreces nada a mí, mamá? Ah, lo se…. mi hermana no ha matado a un niño… y yo si…. ella…. yo…”

La horrorosa chicharra del despertador suena. Yo y mi niño gritamos. Mi primer impulso es saltar de los cobertores y apagar el trasto lo más rápido posible, luego me acurruco con él en su cama para confortarlo y hacerle ver que el endiablado aparato esta apagado. Nuestros corazones laten con fuerza, pero el susto baja paulatinamente. Por curiosidad, acciono el botón una vez mas, y el reloj vuelve a sonar estrepitosamente. Él me dice, con su vocecita serena y decidida:

– Ya estoy despierto, mamá.

Al sentir su manita sobre mi oreja, y su pequeña nariz rozando la mía, recuerdo, de golpe, que yo no he entrado en un quirófano en hará ya 6 años, y no he tocado un bisturí en mas o menos ese tiempo.

Recuerdo que tengo que preparar el desayuno, arreglar la mochila y llevar los platos desechables para el convivio. Recuerdo que mi mamá esta mala de la rodilla, lo que significa que tengo que ir al mercado por la comida del día.

Recuerdo que ya no ejerzo la medicina desde hace años.

Y recuerdo que soy feliz.

De todas maneras, si en mis sueños mato a la gente, en mi praxis galénica….

¿que podría suceder si en verdad lo hiciera?

Sinceramente, prefiero no saberlo.

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