Doña Francisca y la Muerte

Nota: Este cuento no es mío. Lo leí en un libro de español en la primaria, allá por el tercer o cuarto grado, y, lamentablemente, no recuerdo el autor. Pero recuerdo muy bien este cuento. Le he agarrado cariño, en especial porque refleja muy bien a dos personas a las que les tengo gran estima. La primera es mi abuela (de la cual ya hable en un ensayo anterior) y la segunda es una asistente rural que conocí en mi servicio social (ver nota al final del relato). Y porque espero ser así cuando llegue a esa edad.

No usaré la palabras exactas. Podríamos decir que es una reintepretación mia. Ojala y les guste tanto como a mi.

Doña Francisca y la Muerte.

La Muerte bajó del tren en la estación, en la mañana. Nadie la reconoció porque traia puesto la trenza negra apretada y escondida bajo el jorongo. Se ajustó el sombrero y miró su reloj de cadena. Las nueve en punto.

“El tren sale a las cinco” pensó la Muerte “Tiempo de sobra para ir por doña Francisca”

Bajó al camino que pasaba por entre los maizales. La casa de Francisca, la única que podia verse por los alrededores,  estaba separada del camino, a media subida de una colina no muy empinada. El sol estaba todavía tierno, y el fresco de la mañana se defendía. Llegó a la casa de madera y llamó a la puerta.

– ¿Doña Francisca? Se fue de curar el empacho al niño de Hilaria. De eso ya tiene rato.

Algo contrariada, la Muerte pidió señas de como llegar a lo de Hilaria. Tenia que seguir el camino, hasta llegar al campo de café, antes de dar con la barranca. Vio su reloj. Las diez y cuarto.

“No es tarde. Aún hay tiempo de sobra”

El camino, una colección de piedras y charcos de lodo, no desanimó a Muerte. Los árboles la cubrían y su frescor animaba. Una casucha con techo de lámina estaba alojada bajo la copa de un fresno. Tres perros hambrientos dormitaban afuera. Cuando Muerte se acercó, la olisquearon.

– Na´mas le puso los chiqueadores al nene y se fue – respondió una frondosa señora que se secaba las manos con un trapo, apoyada en el dintel endeble de su puerta, cuando Muerte le preguntó por doña Francisca – Tenía mucho que lavar. Estará en el río.

Muerte chasqueó la lengua. Tendría que regresar sobre sus pasos, apartarse del camino, y bajar al cauce. Miró su reloj.  Cuarto para las doce.

“Aun hay tiempo” se dijo a si misma, más con el propósito de convencerse que de afirmar.

El sol del mediodía era vigoroso, maduro. La humedad congestionaba el ambiente, empeorando según se acercaba al río. Un gruñido de agua le indicó a Muerte que estaba en la ruta correcta. Pero, cuando por fin llegó a la pedregosa orilla, maldijo.

“Demonios. Aqui no hay nadie”

Bordeando la orilla, la Muerte avanzó, mojandose un poco los zapatos y el pantalón, en dirección al puente y a la vereda que deja el río para subir al camino principal. El calor y los mosquitos no ayudaban. Finalmente, escuchó voces. Varias muchachas lavaban.

– ¿Doña Francisca?

– Se fue a colgar.

– ¿Tiene mucho que se fue?

-Uy, si. Habrá ido con Chema. Lavó las sábanas de doña Cándida.

Antes de seguir las indicaciones de cómo llegar a la casa de Don Chema, Muerte vio su reloj. Las dos en punto.

“¡No puede ser!”

La casa de Don Chema era,  por decirlo así, la mas grande del poblado. Estaba hecha de tabique, y tenia espacio suficiente para criar cerdos. Un olor acre saludó a Muerte antes de que esta llamara por la puerta.

– Preguntan por doña Francisca, mamá – gritó una niña, al dejar de roer la cáscara de una naranja, mientras veía por la ventana de enfrente.

– Dile que ya se fue – la voz destemplada de una mujer escapó desde el fondo de la casa, acompañada de un chapoteo de agua

-Ya se fue – repitió la niña, con una sonrisa y gajos de naranja entre los dientes.

– ¿Podría decirme adonde? – Muerte estaba a la expectativa

– Que dice que adonde fue – volvió a gritar la niña

– Dile que se fue a ver lo del molino – respondió de nuevo a gritos la mamá, sin dejar su posición en el fondo de la casa

– Se fue a ver lo del molino

– ¿Y adonde…?

Una manita sucia señala el horizonte. El molino de maíz puede verse, pasando el camino y varias casas, espaciadas entre el campo, más allá. Muerte vio su reloj. Las tres y veinte.

“Tengo que agarrar a  esa condenada vieja”

La Muerte sentía la boca seca y pastosa. Su trenza estaba húmeda de sudor, y el cuello del jorongo le picaba. Pero todo eso no fue tan desagradable como llegar al molino, y encontarlo cerrado. Decidió regresar a la casa de Doña Francisca. El todo por el todo.

“Espero que ya se este quieta”

El sol estaba poniendose rojizo. Una muchacha le daba de comer a una gallinas delgaduchas, mientras cargaba a un niño con el rebozo.

– Si. Vino y se fue.

La Muerte sintió que tragaba un puño de espinas.

– ¿Adonde…? Digo, llevo buscándola toda la mañana.

– Es que falta una semana para las fiestas de San Isidro. Ahorita anda juntando al grupo de oración, para reunirse con el párroco y ver si hacen colecta. Supongo que va a ir a verlas a su casa y de ahi se van todas. O si no pasa con el agente municipal, para que les de una ayuda para el santo patrono.

La muchacha se interrumpió para mecer al niño en sus brazos vigorosamente. La criaturita estaba inquietándose y queria comer algo mas que su manita pegajosa.

– ¿No le preocupa que Doña Francisca ande fuera tanto tiempo? – preguntó Muerte

– La abuela es bien andariega. Pero apenas se pone el sol se viene corriendo a la casa. Cuando le agarra la noche afuera, la pasan a dejar, si no don Chema en su camioneta, el agente o el sacristán la encamina. Seguro la encuentra aquí a eso de las siete.

Muerte no podia esperar. Vio su reloj. Cuatro y cuarto.

“¡Diablos! ¡Se me va el tren!”

Así, la Muerte llegó con diez minutos de retraso a la estación. El maquinista se había entretenido platicando con su compadre y le permitío abordar. La Muerte refunfuño todo el viaje a la capital, cansada, sedienta y sin doña Francisca.

“Para la otra será” fue su último pensamiento sobre el asunto.

Varios dias después, el atardecer caía sobre la espalda de doña Francisca, que estaba agachada, arreglando las rosas de su jardín. La concuña de su nieta pasó de visita.

– Oiga, Panchita – dijo la concuña a modo de saludo, por arriba de la barda de palos – ¿Cuando se piensa morir?

– Nunca – respondío Francisca, sonriendo ante las flores – Tengo mucho que hacer.

Nota: Como dije, lo escribo como recuerdo o como yo creo que lo recuerdo. Sin querer el personaje tomo pintas de una señora, asistente rural, que conocí hace tiempo. Doña Migue tenía la energía suficiente para ir a sacar encuestas acerca de niños vacunados y repartos de Oportunidades en una localidad de unos 10 km de diametro, entre el rio y los cafetales, cuando la mayoria de nosotros nos cansamos de caminar cinco cuadras. Mas que su nombre, mis recuerdos de ella son imágenes – ella lavando su cabello en el rio, cosiendo una camisa de noche, bajo la luz de un foco amarillento, en la parada del autobus, con su blusa azul celeste, llendo a la parroquia – y pienso que el ser humando no deberia desear que solo su nombre fuese recordado…

Sino vivir en la mente de los demás a través de imágenes memorables.

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5 pensamientos en “Doña Francisca y la Muerte

  1. Yo tambien lei en algun momento ese cuento y asi es como lo recuerdo gracias por compartirlo, cada vez que lo leo a pesar de saber la trama del cuento lo disfruto nuevamente.

  2. ya ni me acordaba de esa historia, ahora recuerdo que la maestra hizo mucho incapie en su moraleja. de ese libro de lecturas mi favorita era la de unos venusinos (creo) que investigaban la vida en la tierrra por que si lograban descubrir como vivir aqui(por la contaminacion) podrian vivir en cualquier planeta

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