Vox

Galia estaba orgullosa de su nombre, aún cuanso sabía que era el nombre de un país. Levantaba la frente cada vez que alguien lo pronunciaba. Ninguna otra chica de la clase tenía un nombre parecido. Las lecciones de historia eran sus favoritas: “la Galia era un región de la antigua Europa…” Esa simple mención le hacía soportable la escuela. Ella tenía además otro detalle que la hacía sentirse especial. Su voz. Galia tenía una voz increíble. Divina, especial. De niña reconocieron su don. Pero cuando su padres se percataron de que su prodigioso talento podría ser un perdición, comenzaron a restringirla.

“Necesitas buenas canciones, y tu no eres una compositora”

“El espectáculo puede ser engañoso”

“Enfócate primero en tus estudios”

“La ópera esta pasada de moda y si vas a ser una cantante comercial, necesitarás un grupo y un representante”

“Si te dedicas a eso, terminarás desempleada y con un montón de deudas a los cuarenta años.”

“¿Porqué no presentas el examen para la Facultad de Derecho?”

La chica respondía siempre, con la tozudez y sinceridad de un niño pequeño:

“Pero lo único que me gusta hacer, en la vida, es cantar”.

Después de varios exámenes fallidos y trabajos de medio tiempo abandonados, los padres de Galia abandonaron sus planes de hacera una mujer respetable con un empelo ordinario, y le permitieron, a regañadientes y sin darle un centavo, ir a estudiar a la academia musical mas cercana a la ciudad. Ahí, la escucharon. Los maestros, acostumbrados a niñas caprichosas y jóvenes descarriados, se dieron de bruces con las capacidades vocales de Galia.

Se lo dijeron. Y le dijeron la verdad. Que, en realidad, ellos no serían capaces de enseñarle nada.

Perdida y desconsolada, Galia creyó que no tenía mas caminos que recorrer. Sin embargo, quedaba uno. El único camino destinado para ella.

– Vaya noche. Que frío.

Galia salía de su trabajo vespertino, mesera en un café. Cerraba su chamarra y agradecía traer jeans de mezclilla y tenis, en lugar del delgado uniforme de trabajo. Caminaba cabizbaja, pensando en lo afortunada que era.

<< Con esto pago la renta. Con el trabajo de la mañana, en el supermercado, pago comidas. Lo de la agencia de niñeras, me sirve para el resto. Al menos la señora me regala ropa. Soy de la misma talla que su hija. >>

Las calles eran oscuras. Las lámparas rotas formaban caminos peligrosos. Los gritos de los coches eran mas indefinidos, en lo que ella se alejaba del centro de la ciudad.

<< Adoro rememorar como di con ella. Una maestra que no tomaba alumnos en mas de cincuenta años, porque a todos los consideraba mediocres, aún a aquellos que son cantantes reconocidos de ópera. Sin embargo, yo podría tener una oportunidad. La encontré, la visité, y comprobé que no estaba muerta, o al menos, lucía viva. ¡Y ella me escuchó!>>

La señora Üpperfront estaba en su mohoso sillón de orejas, con las gafas en el puente de la nariz, apoyando la barbilla entre sus huesudos dedos. Galia cantaba frente a ella, con su ropa remendada de segunda mano. Al terminar, la señora Üpperfront le indicó a Galia que tomara asiento en un taburete a medio podrir, justo a su lado. Le sirvió una taza de ese maloliente menjurge de hierbas secas. Y dijo, con esa voz marcada por la decrepitud y la sabiduría:

– Voy a enseñarte todo lo que sé.

“Rayos. No tengo tiempo de cenar antes de mi lección. Mejor. A veces lo ejercicios de la señora Üpperfront me hacen vomitar”

Una callejuela vacía. Galia se adentró a paso rápido, casi al trote. Detrás de ella, la seguía una pandilla de ladronzuelos.

– ¡Pollita!

-¿Adonde con tanta prisa?

Ella corrió, pero chocó con uno más que la esperaba al final de la calle. La sometieron fácilmente, dándose cuenta con rapidez que ella no cargaba nada de valor, ni siquiera con dinero. A Galia no le interesaban los lujos o las comodidades. Lo único que apreciaba era su voz.

-¡Coño!

-¡Traela aquí!

Siete maleantes la rodearon, y unos empezaron a aflojarse los cinturones.

– Si gritas, te mueres.

Galia asintió. No, no gritaría. Le liberaron la boca, mas ocupados en sujetar sus brazos y buscar el cierre del pantalón. Recordó los consejos de la maestra Üpperfront.

“El mejor público es aquel que no espera que cantes”

Inició con un acorde profundo, largo y penetrante, que asciende en cascabeleos. Los maleantes rieron y trataron de callarla.

– Idiota

-¡Cierra la boca, estúpida!

-¿Que se ha creído?

Pero Galia no se detiene. La melodía era difícil y exigía toda su habilidad y concentración. Las enseñanzas de la anciana estaban presentes en su mente.

“La música es un viaje, Debes abandonarte a ella, dejar que te lleve, a las alturas, al precipicio. La música y tu voz, son una misma. ”

El hombre que sujetaba a Galia disminuye la fuerza en sus brazos lentamente. El resto deja de hablar, absorvidos por los impresionantes sonidos que brotaban de los labios de Galia. Aún cuando la canción esta en un idioma desconocido – caldeo, celta, griego clásico o alguna otra lengua muerta – ellos eran incapaces de dejar de escucharla.

“El verdadero canto no necesita acompañamientos. La verdadera voz opaca a la más magnífica orquesta. Tu arte proviene de tu garganta, así que olvida el resto de tu cuerpo”

Ella cantaba con virtuosismo y energía. Firme como un árbol, sus manos se mecían como ramas ante el remolino de su voz.

<<Esta era la parte fácil. Cantar cada palabra a la vez, cada nota a la vez. Ritmo, melodía y armonía. ¡Dios! Sin perderme… ¡Bien!>>

Los asaltantes se percataron de que ya no podían moverse. Rígidos, eran indefensos ante la canción de Galia, la cual marcaba como hierro ardiente la negrura de sus mentes.

<< Nunca cedas tu lugar al director de la orquesta. No calles ante los demas instrumentos. Tu alma es tu voz, y ésta vuela cada vez que cantas.>>

Un murmullo marino, salado y etéreo, surgió de su boca. Con maestría, la letra de la canción se transformaba en llantos de gaviotas y atardecer.

<<Suave y con emoción. Los tiempos correctos para respirar. Sin jadear. ¡Sin olvidar la correcta pronunciación de la letra!>>

Un inexplicable fenómeno le ocurría a los antes agresores. Cuando intentaron moverse, su piel crujió. Tronidos y estallidos recorrian todo su cuerpo. Con espanto, se dieron cuenta de que un prístino cristal se fundía pasa a paso con su piel, sus carnes, sus huesos y los volvía estatuas transparentes.

¡Estaban hechos de vidrio! La incompresión de la situacion se volvía horror.

“Debes estar atenta a las reacciones de tu público, cualesquiera que sean”

Galia seguía cantando. Tormentas creadas por su boca, torrentes de fuerza imparable nacían de los movimientos acompasados de su diafragma. Ella veía a los ladrones cristalizados, pero para ella solo significaba que el final de la canción estaba cerca.

<<Fragmentar mi voz en dos tonalidades diferentes. Jugar con los timbres. Un eco primero, y luego, un coro completo. ¡Lo lograré!>>

Las palabras eran golpes que azotaban las recién esculpidas estatuas. El poder impreso en ellas requebrajaba a los hombres de cristal, quienes con dolor sentían abrirse las grietas en sus frágiles cuerpos. Una segunda embestida, y los brazos y cabezas comenzaron a caer, los torsos se destrozaban en fragmentos, poco antes de que las piernas se derrumbasen.

“Siempre que cantes, hazlo como si toda tu vida, todo tu propósito, se redujera a ese momento”

<<Una nota realmente alta. Si, el gran final>>

El cuerpo de Galia vibró ligeramente. Ella consigió canalizar esa potencia a través de su voz, y, con seguridad, entonaba los ultimos versos de la canción. Su boca estaba totalmente abierta y sus puños cerrados. Ha nacido con el único fin de hacer esto. Éste era uno de los momentos cumbre de su carrera, y, aunque nadie estaba allí para observarla, Galia estaba segura de que debía terminar con un actuación perfecta.

Sobrepasando la escala, la voz de Galia hizo vibrar el mundo alrededor suyo. Los cimientos de la realidad se cimbraron, y los fragmentos de cristal estallaron como pompas de jabón, pulverizandose en el acto. Las ventanas vecinas se desvanecieron. Polvo blanco y brillante cubre el suelo, y Galia, exahusta, cayó de rodillas.

-¡Dios!

De los supuestos violadores, solo el recuerdo persiste. No había nadie a varias cuadras a la redonda. Ella tosió y escupió un poco de sangre.

-De nuevo… me volvieron a sangrar las cuerdas vocales. ¡argg! Y voy a tener que tomar ese te que sabe a patas de pollo, pero…

Galia se incorporó con rapidez. Camina en círculos, pateando la capa de polvo luminoso que tapizaba el suelo. Saltó y gritó, llena de júbilo, alegre y repleta de victoria.

-¡Yeiiiiii! ¡Una canción más! ¡Salió bien! ¡De principio a fin!!

Ella no tenía reloj, pero estaba segura de que iba retrasada para su clase. La señora Üpperfront era una maestra exigente. Cuando Galia se tardaba mas de la cuenta, salía a buscarla, con su abrigo de estambre, sombrero de paja apolillado, y arrastrando su morral de compras con ruedas, lleno con semillas para aves. Y Galia pudo verla en esa noche, avanzando lentamente hacia ella, seguida del rechinar de las ruedas oxidadas del morral.

-¡Señora Üpperfront! ¡Señora Üpperfront! – dijo Galia, corriendo hacia la anciana, agitando los brazos para hacerse notoria – ¡Espere a oir esto!

La chica se perdió en la noche, orgullosa, fundiéndose con la sombra de su maestra. Nada llenaba mas que de felicidad el corazón de Galia que el poder cantar.

A decir verdad, si había algo que la hacia mucho más feliz. El saber que todavía tenía muchas canciones que aprender. Y que conseguiría aprenderlas.

 

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