De Muerte y sus relatos V

El Necros Invocatum

Adán vivía en una ruina. Una ruina barata, lo mejor que podía pagar dado su salario y condición. Aún cuando casi todos se lamentarían de pernoctar en esa pocilga, Adán no tenía decoro en llamarla “casa”. Inclusive “hogar”, después de la fuerte pelea con su padrastro. Pero a él no le afectaba esa situación, pues mientras tuviese un sitio seco en donde dormir y un bocado de algo en el estómago, se sentía contento y afortunado.

Una noche, al acabar el turno en el almacén, caminaba hacia casa con la mano izquierda en el bolsillo, y un bote de sopa donada por la dueña del negocio en la derecha. El saber del mísero sueldo que le proporcionaba a su acomodador de cajas le provocaba algunos remordimientos a la señora, quien de vez en vez le completaba la paga con comida. Y a raíz de eso, Adán caminaba contento pensando en que solo tenía que hervir agua para tener una cena de café y fideos instantáneos. En eso, al llegar a la puerta del edificio, se encontró con un perro callejero que arañaba lastimeramente el marco de la entrada. Lucía hambriento y miserable, con el pelo mojado, negro como el petróleo, gimiendo por atención.

– Apártate un poco, no vaya a pisarte la cola. – dijo Adán al abrir la puerta. El perrito entró al interior, adelantándose unos pasos. Adán continuó con su camino, sin tardar en percatarse como el cachorrito lo seguía escaleras arriba.

– Solo tengo sopa – dijo él. – ¿Estas seguro de que te la vas a comer?

El cachorrito gruñó y enseñó sus minúsculos dientes.

– Decidido el hombre – y Adán continuó hasta llegar al apartamento 7-C.

El dueño del condominio era un viejo avaro muerto recientemente en un hospital de ricos. Mientras los abogados disponían de los bienes, los inquilinos podían abstenerse de pagar la renta. Cosa que Adán le caía como anillo al dedo.

– Llegamos. Acomódate.

El perrito comenzó a aullar apenas tocó el piso del apartamento. Se retorció por doquier, hasta terminar con las patas encima de una pared vieja y podrida recubierta de madera.

– A mi también me dan ganas de tumbarla – dijo Adán mientras ponía una cacerola de agua sobre la parrilla eléctrica. – pero me detengo al pensar en la cantidad de bichos que saldrán huyendo de ahí.

Adán escucha unos golpecitos en la ventana. Un pajarito negro esta parado en los barandales. Se detiene a observar a Adán, y al perro, ladeando su cabeza, y al momento, continúa golpeando el cristal. El joven ve al pájaro, pensativo. Toma una desición repentina.

– A ti no voy a darte de comer.

Abre la ventana y permite al pájaro revolotear sobre su cabeza, antes de apostarse sobre unos anaqueles oxidados donde Adán acomodaba sus cosas

– Carajo, ¿Dónde dejé el azúcar?

El cachorro continúa arañando una pieza del entablado con insistencia. Adán, mientras enciende un cigarrillo, lo ve de reojo. Deja prendida la parrilla y va hacia su invitado.

– ¿Qué encontraste?

El trozo de madera podrida cae. Un envoltorio de plástico es visible. Adán lo saca con cuidado y se sienta en la cama a examinarlo. El perrito lo seguía, el pájaro lo miraba y el agua comenzaba a hervir.

– Esto no es mío. – desenrolla el plástico y descubre una pequeña libreta de notas, con tapas de piel. La abre y ve atentamente la primera página. – ¿De donde habrá salido?

Las hojas son pequeñas y están cubiertas por símbolos extraños y cuneiformes. Al examinar por unos treinta segundos cada página, Adán tardó veinticinco minutos exactos en inspeccionar la libreta entera.

– Raro – comentó al pajarillo negro que hacía guardia en lo alto de los anaqueles. Y dirigiéndose a los pequeños animales que lo acompañaban, agregó – Ustedes dos saben algo que yo no.

El perro gruñe y el pájaro grazna. La vieja puerta de la habitación se rompe y cuatro hombres entran de repente, uno de ellos lanzándose sobre Adán y golpeándolo sin demora en el rostro con la culata del revólver. El cigarrillo sale volando hacia la colcha de la cama. En el piso, entre la sangre y el dolor, vio la pequeña libreta tirada bajo la cama.

– ¿Qué quieren de mi?

Los hombres se detienen en seco. En sus rostros hay horror.

– ¡YA ESTÁN AQUÍ!

Adán alcanzó a musitar:

– ¿Quiénes?

El perrito, aún gruñendo, sufre una metamorfosis acelerada, que le proporciona tamaño y poder descomunales. El pecho y la espalda aumentan de dimensiones y músculos. Las patas delanteras se levantan del suelo y las garras estiran a los dedos. Un espeso pelaje brota y su hocico se alarga aún más. Este salvaje hombre lobo libera un largo rugido, atacando tras apenas acabar. Solo se necesitó un zarpazo para que el primer hombre cayera hecho pedazos.

– ¡Oh, no!

En el movimiento, la olvidada cacerola con agua cae sobre la parrilla vieja. Hace cortocircuito y unas chispas caen sobre la cama. Un fuego nace lentamente, mientras uno de estos hombres toma rápidamente a Adán del cabello y lo alza, para sostenerlo.

– Haz que se detenga – le dice el hombre con furia – ¡Páralo! ¡Páralo!

– ¿De que diablos estas hablando?

– ¡PARALO!

– ¿En serio crees que ese monstruo es mío?

Los  restantes esquivan a la bestia, mientras buscan algo desesperadamente entre las pertenencias de Adán.

– ¡Rápido! ¡El acaba de verlo, no puede estar muy lejos de aquí!

El pequeño pájaro estira sus alas. Oscuridad escurre de su diminuto pico, chorreando al suelo, y cayendo en una mancha. Las alas se baten frenéticamente, hasta que se estiran y desgarran. Las plumas caen sobre la negritud líquida.

– ¡NO PODEMOS IRNOS SIN EL LIBRO!

– Creo que ya lo vi – dice uno de ellos – esta debajo de…

La Parca brota con la rapidez de una sombra, empapada en odio y muerte. La guadaña asesina el aire, y el segundo de los intrusos se desintegra en cenizas. Adán tenía en su sien la pistola, y veía como el otro sobreviviente estaba de rodillas, con una mano buscando bajo la cama que se incendiaba, y atestiguó justo el momento en que la guadaña le cercenó la cabeza con un limpio y grácil movimiento.

– No te atrevas, cosa horripilante…

Adán no pensaba en la pistola. Una lenta comprensión de las circunstancias lo distraía de la situación. Además, el hombre que lo amagaba se sentía diferente. Parecía no respirar. No se oía su corazón. Estaba demasiado frío. Y murmuraba en otro idioma, una larga retahíla de palabras guturales y enigmáticas. Pero aún así…

– ¡!!Argggg!!

El hombre lobo saltó sobre ellos. La pistola se disparó y la bala cayó en el pecho de Adán. Frente a él, el lobo despedazaba el cuerpo del hombre. Sus pensamientos, entonces, se unieron a los de la Parca, que lo miraba.

<< Está bajo la cama. Habrá que quemarlo. >>

La Parca golpeó el suelo con el mango de su guadaña. Con su último aliento, Adán vio al hombre lobo alimentarse de los despojos, y al fuego, un hermoso fuego, alegre y purificador, estallar de pronto y consumir el libro maldito y todo aquello que él poseía en vida…

– ¿Cómodo?

Estaba ahora con la cabeza sobre un escritorio, sentado en un sillón de piel. Parecía un despacho. Las paredes tenían enormes libreros y un candelabro inmenso iluminaba la estancia. Una chica vestida de negro y pelo alborotado preparaba dos tazas de café.

– ¿Dónde estoy?- preguntó Adán, incorporándose con lentitud.

– Respondiendo literalmente a tu pregunta – dijo ella, mientras agregaba dos cubos de azúcar a cada taza – estás en mi oficina. Pero esa no es la respuesta que quieres obtener.

Colocó una taza de café frente a Adán y ella se sentó con holgura del otro lado del escritorio. Él acercó su nariz para percibir el delicioso aroma de su taza. La tomó, y con cuidado, porque estaba caliente, lo probó. Su sabor fuerte le aclaró la mente.

– Estoy muerto. Y tú eres Muerte.

– Continúa.

– Esas bestias en mi casa, ¿de donde salieron?

– Yo las envié.

Adán tomo otro trago. Muerte parecía disfrutar la conversación.

– ¿Recuerdas un libro pequeño, aquel que encontraste escondido en la pared de tu cuarto?

– Si. Nunca había visto algo así en mí… – la última palabra se le atoró un poco en la lengua- vida.

– Supongo que en las circunstancias en las que te encuentras ahora – dijo Muerte mirándose las uñas – no habrá problema si te cuento lo que sucedió, es decir, las trágicas circunstancias en las que te viste involucrado, claro, si deseas conocerlas. ¿Coincides conmigo?

Adán asintió y tomó más café.

– Muchos buscan escapar de mí, en lo que ellos llaman “inmortalidad”. Desafían el orden natural de las cosas con medicinas o trucos para prolongar su estancia en el plano material indefinidamente. Así que, aparte de todas mis obligaciones como Portera del Plano Etéreo, tengo que lidiar con esos charlatanes y brujos de poca monta que osan poner mi autoridad y credibilidad en juego Y, déjame decirte, es un fastidio.

Atento a cada movimiento de Muerte, el joven asía su taza con ambas manos.

– Una de las tantas formas de mantenerse en el mundo material, es deshacerse del alma y convertirse a si mismo en un cascarón de carne, vacío y sin espíritu. Algo ni vivo ni totalmente muerto.

– ¿Cómo un zombi?

– ¿Qué notaste de raro en los hombres que te atacaron?

Adán recordó las heladas manos del que lo sujetaba.

– Parecía muerto.

– Es porque estaba muerto. Ni vivo, ni totalmente muerto. Un integrante de la raza artificial. Un Eterno. No pueden morir porque no hay vida en sus cuerpos falsos, creados de otros cadáveres, y no pueden considerarse vivos porque no tienen alma. Su corazón no late, ellos no…

– … no respiran.

Muerte se levantó y buscó algo en los estantes de atrás. Sacó una lata de color anaranjado y la puso abierta en el centro del escritorio.

– ¿Quieres una galleta? Son de almendras.

Con la mano un poco temblorosa, Adán tomo un bizcocho cubierto de azúcar y lo mordió.

– Entonces… – dijo Adán después de pasar bocado – esos hombres eran Eternos. Pero… parecían normales.

– Claro que lo parecen. Esa es la idea. Pero no pueden tener descendencia y su raza aumenta con la creación de más eternos. Les encanta profanar tumbas. Aparte de la magia negra y ese tipo de supercherías.

– ¿Y que hay del libro raro que encontré en mi habitación? ¿Cómo supieron que yo lo tenía?

– Porque lo leíste. Ellos tienen la capacidad de conocer los pensamientos de otras personas. Los Eternos buscaban desesperadamente ese libro, y, al momento en que lo abriste, tus pensamientos y sus pensamientos se sincronizaron. Como si dos personas viesen el mismo programa de televisión al unísono.

– ¿Porqué los buscaban?

– El Necros Invocatum, es decir, el libro que encontraste, decía como burlarme. Te daba el poder necesario para crear vida. Invocar almas completas. Revivir por completo a los muertos, cuantas veces fuese necesario, y no como títeres babeantes sino como fueron en el mejor momento de sus existencias.

– ¿Es eso posible?

Muerte sonrió de oreja a oreja.

– Ahora ya no. El libro fue destruido, y tú, el único que lo ha leído en miles de años, estás muerto. Podrías decir que estás de mi lado.

Muerte dejó de nuevo su asiento y abrió un cajón a la derecha. Rescató una pequeña ampolla de cristal.

– Veo que no estas asustado.

– Bueno, todos moriremos algún día.

– Bien dicho.

– Siempre creí que seríamos juzgados por nuestros actos. Digamos que no tengo cuentas pendientes.

– ¿Cuentas pendientes?

– Si, tratar de hacer lo correcto. A cada momento, en cada oportunidad. Solo somos humanos cuando hacemos lo correcto. Dar lo mejor de nosotros, pues podría ser lo último que dejásemos en el mundo.

Muerte le acercó una ampolla de cristal.

– La Ley dice que para continuar tu viaje, tienes que dejar tus memorias atrás. Una copia de tus recuerdos. ¿Aceptas?

Adán tomó la ampolla con la palma de la mano, mirando a Muerte con tranquilidad.

– No me gusta ocultar cosas.

De inmediato, el pequeño frasco se llenó con un líquido negro semejante a la tinta.

– Ya está – dijo Muerte, al retirarle la ampolla de la mano – puedes irte. Sal por la puerta que está a tu derecha.

Adán se levantó y reacomodó la silla en su lugar.

– ¿Puedo preguntar algo más?

– Adelante.

– ¿Existe el Paraíso?

– Si, en realidad, existen muchos paraísos. Y muchos infiernos. Puedes transformarte en la luz de la estrella más ardiente, en un alma devota que se alimenta de la piedad del Creador, en el capitán de un ejército de arcángeles, en un espíritu elemental del bosque, dedicarte a la meditación trascendental en una floresta pacífica, o volar por los círculos cósmicos para presenciar la creación de un universo. Una vez visité un paraíso que consistía en una montaña de duraznos.

– No se escucha mal. ¿De quien depende a que tipo de paraíso, o infierno, seré destinado?

– De ti.

Adán se despidió de muerte, y abrió la puerta del despacho. Una luz intensa lo absorbió por completo, mientras cerraba con cuidado la puerta a sus espaldas.

Muerte tomó un libro en blanco que estaba sobre el escritorio y lo abrió en la primera página, vertiendo en él la tinta de los recuerdos de Adán. Reservó un poco de tinta en la ampolla mientras buscaba unas hojas de papel. Y ahí, con cuidado, gota a gota, colocó el remanente de esos recuerdos decantados. El Necros Invocatum fue tomando forma lentamente, y al terminar de vaciar la botella, esa pequeña libreta negra estaba ante las manos de Muerte.

– Voy a estudiarte – dijo al abrir ese pequeño libro – hasta que todos los trucos y atajos sean descubiertos y eliminados. Cuando tienes en tu poder las armas del enemigo, hay que aprender a usarlas. Después de eso…

Vio la chimenea en el fondo del estudio. Llamas negras. Llamas de Olvido.

– De ésas, nadie escapa.

La chica gótica llamada Muerte se sirvió otra taza de café. Tanto que hacer…

FIN

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