De Muerte y sus relatos IV

La Biblioteca de los Últimos Secretos

En los Caminos invisibles, hay un lugar donde los recuerdos se convierten en tinta. Una colección de libros infinita. Lo trascendental y lo insignificante se almacena en castillos de estantes. Conocimientos imposibles de obtener en vida, pues nuestra vida es corta y nuestra mente angosta, y transcurrimos por la dimensión física cegados por los caprichos de la carne y las necesidades del corazón. En la Biblioteca de los Últimos Secretos se encuentran las canciones que en la tierra se han olvidado, la sabiduría que los hombres han perdido, y es Muerte, la Resolvedora de Enigmas, quien lee en estos tomos aquella información valiosa, y así, hilo a hilo, teje la tela de la Verdad.

Inevitablemente, viajaremos por los Caminos Invisibles. Llegaremos allí y cumpliremos con la Ley. Vaciaremos las memorias en un tomo vacío y así nuestros anhelos, sufrimientos y saberes formarán parte de la Biblioteca. Liberaremos a nuestra alma del lastre del pasado, cuando confesemos las culpas y reconozcamos las virtudes, solo entonces, la Biblioteca se abrirá y podremos caminar, gozosos, hacia nuestro Juicio.

Así es. Así será.

– Hemos llegado.

Caribdis condujo al anciano a través de las majestuosas puertas de la Biblioteca y lo llevó a un escritorio individual. El salón estaba rebosante de ellos, y varios lucían ocupados por personas silenciosas y concentradas. Las paredes estaban cubiertas de libros, de los techos colgaban candelabros pesados de velas. Un silencio punzante apaciguaba los espíritus. Sobre el escritorio aguardaba un tomo de páginas blancas y una pluma. El frasco de tinta estaba vacío.

– Puedes comenzar.

El anciano se sentó. Abrió la primera página.

– No hay tinta.

– Cuando tus recuerdos broten, la tinta empezará a fluir – contestó la Parca.

– Exactamente, ¿por donde debo empezar?

– Muchos inician desde el nacimiento y terminan hasta su entrada a los Caminos Invisibles. Sin importar el orden que tomes, se prolijo en detalles. El tiempo no surge efecto aquí.

El anciano seguía renuente, y no se decidía a escribir. Solo por los fríos ojos de Caribdis tomó la pluma y anotó:

“Fui arrancado injustamente de la vida…”

La palabra “injustamente” se borró de inmediato.

– ¿Qué es lo que pasa? Tú me pediste que escribiera.

– La verdad es lo único que perdura en el libro. Las mentiras vuelan al viento.

– Mi muerte fue injusta y tú lo sabes. Me trajiste aquí justo cuando iban a trasplantarme el corazón que compré. Tenía el mejor hospital, gasté fortunas en doctores y, ¿para qué? Para que vinieras y lo arruinaras todo.

– Tu tiempo se había agotado – respondió Caribdis con voz monocorde y carente de emoción.

– ¿Quién decide eso? Los hombres somos quienes decidimos acerca de nuestra vida y nuestra muerte. Además de cómo…

– Cierto. Pero no deciden el tiempo de una u otra.

El anciano decidió que no era buena idea discutir con una manifestación espiritual de Muerte, así que refunfuñó.

– Lo hecho, hecho está. ¿Cuál es el paso siguiente?

El filo de la guadaña de Caribdis cayó sobre la página vacía.

– El libro. No irás a ningún sitio ni te enterarás de los caminos futuros hasta que vacíes tu existencia en el libro.

– Mi vida era aburrida. ¿A quien podría interesarle? Solo soy…

– Fuiste.

– … fui un hombre de negocios retirado. ¿Qué podría anotar? ¿La tasa de intereses de mis inversiones? ¿La clave de mi cuenta de ahorros? Además, ya estoy muerto, ¿Cuál es el sentido de escribir todo eso?

– Muerte lo ordena. Es la Ley. Esos libros – Caribdis mueve una mano descarnada en derredor –  almacenan historias que de otra manera se perderían en Olvido. Información valiosa para Muerte, quien con paciencia reconstruye los secretos más profundos que los mortales llevan a la tumba.

Al escuchar hablar de los secretos, el anciano aumentó su nivel de terquedad.

– Yo no tengo ningún secreto.

– Puedo verlos, en tu interior.

Caribdis se acercaba al viajero, tocando levemente su hombro con la mano de huesos. El anciano se estremeció al sentirla y mirarla.

– ¿Puedo preguntarte como te hiciste eso?

Caribdis retiró la manga de su túnica. La piel y los músculos estaban arrancados desde la mitad del antebrazo.

– Al dejar un alma a los Infiernos a cumplir sentencia. Al mas hondo, oscuro e inexpugnable de los infiernos.

A pesar de estar muerto, el anciano sintió un escalofrío por el cuerpo, haciéndolo enderezarse en la silla. Caribdis cubrió de nuevo su mano y continuó.

– Los secretos son las anclas del alma, e impedirán tu avance en los Caminos Invisibles. Libéralos, anótalos en el libro. Es la única forma de eliminar esa agónica carga. Tu Juicio te espera.

El viejo se afianzó en la silla.

– No tengo prisas en llegar al Juicio o a ningún otro sitio. Pasaré la eternidad aquí sentado.

– Es la Ley.

– Oblígame si lo deseas. Mi vida no le incumbe a nadie.

La Parca sacude las alas, las cuales retumban con aliento de tormenta. El anciano seguía firme en su posición.

– Oblígame si lo deseas.

Caribdis le acerca un poco más su pálido rostro. Los ojos negros buscan los ojos verdes.

– No necesitaré obligarte.

Un pozo de visiones revueltas y en desorden absorbe la conciencia del viejo, quien se extravía en sus propios enigmas y recuerdos.

“Le robé la mitad de la propiedad al inútil de mi hermano. Y estoy orgulloso de eso.”

“Nací para mandar y ellos para obedecer. Yo tengo el dinero y ellos no. Así que tendrán que hacer lo que me venga en gana.”

“Ella era preciosa, pero yo odiaba al bastardo de su hijito. Un renacuajo que la apartaba de mí. Lo asfixié en su cama, con una bolsa de plástico. Inventé después el cuento de la muerte súbita infantil, y esa estúpida se lo creyó.”

“Lo conseguí. ¡Lo tengo! El famoso Necros Invocatum. Un libro perdido, rarísimo y carísimo. Se lo venderé a esa secta de brujos drogadictos a los que les he estado lavando el dinero, apenas me lleguen al precio. Me importa un bledo si funciona o no. ¿Dónde? En el entablado del departamento 7-C, en un mohoso condominio de mi propiedad. Nadie vive ahí ahora.”

El anciano despierta sobre la última página de un voluminoso libro. Caribdis ha partido, y en su lugar esta otra Parca, de cabello ensortijado empujando un carro de madera rebosante de volúmenes. Al pasar a su lado, toma aquél recién escrito por el anciano.

– Has terminado.

El ve como su vida se pierde en el montón de anécdotas ajenas, alejándose de él, transportado por el rechinar de unas ruedas. La Parca le dirige una palabras últimas.

– Puedes salir ahora. Irás a tu Juicio.

Al anciano le tiemblan las piernas.

– ¿Qué sigue después del Juicio?

– El Veredicto.

El resto de las preguntas son innecesarias para ambos. La Parca continúa recogiendo los libros y deja al anciano solo levantándose de la silla. Camina entre quienes aún no terminan de escribir sus historias. A la izquierda, las mesas se acaban. Una alta puerta custodiada por dos antorchas es la salida lateral de la Biblioteca. Apenas tocarla es suficiente para que se abra de par en par. El camino será largo, pero para él, solo tiene un final. Aquel lugar donde recibirá las recompensas por los secretos tan celosamente guardados durante largo tiempo.

Las justas recompensas.

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