De Muerte y sus relatos III

El nacimiento de Caribdis

 

La luna llena arriba al cielo nocturno con su corte de estrellas. Un viento frío sopla por encima de la ciudad, murmurando canciones en idiomas desconocidos para los que habitamos esta tierra. Y, allá, en el silencio, ocurren tantas cosas…

Toda la existencia de Susana se reduce a este instante. A este pequeño instante.
– Estoy segura. Acepto tus condiciones.
Muerte toma el último sorbo de su café, después de observarlo por un buen rato, lamentándose para sus adentros que Susana haya derramado media taza en su primer arranque de enojo. No todos toman el hecho de morir de la mejor manera. Dirige su mirada a esa delgada alma, de pie, a un lado de ella, con los puños cerrados y la mirada dura e hiriente.
– ¿Completamente? – pregunta Muerte, con un gesto franco de incredulidad, queriéndole dar largas al asunto. A pesar de llevar un buen rato de charla, ella no tenía ninguna prisa en dar por terminado el tema. En cambio, Susana, estaba rabiosa. Cada gota de su alma bullía de ira.
-¡SI! ¡¡ ¿Cuantas veces tengo que repetírtelo?!! ¡Lo haré! ¡Si, lo haré!
Muerte la traspasa con ojos reprobatorios.
– Recuerda con quien estas hablando. Recuerda las opciones que te di, y las consecuencias de tu decisión. No hay marcha atrás, ni siquiera arrepentimiento, cuando lo hagas, borrarás tu propio nombre de los libros del Juicio. El cielo y el infierno te rechazarán.
– No importa. No voy a arrepentirme. Esperar hecha un fantasma de agonía por años hasta que alguien le de su merecido a ese animal no es para mí, definitivamente no voy a perdonarlo nunca y no quiero olvidarlo y dejarlo pasar, como si no hubiese existido. No, todo lo que me hizo estará siempre dentro de mí, y voy a hacerlo pagar. ¡Tiene que pagar! ¡Todas y cada una de las cosas horribles que me hizo! ¡Voy a ser yo la que lleve su putrefacta alma al más hediondo y maldito de los infiernos!!
La luna llena brilla, como una perla húmeda en terciopelo negro. Un silencio anormal ronda por la azotea, interrumpido solamente por los ocasionales gruñidos del hombre lobo que husmeaba por allí. Era una Furia, una mascota de Muerte, y ella solo los sacaba a cazar.
– Ten en mente que solo te encontré por casualidad. No vine aquí por ti, pero podria decirse que fuiste tú quien me encontró a mí. Curiosos los Hilos del Destino, ¿eh? Quizás, si hubiese venido una Parca… ¿Sabes? – reflexiono Muerte en voz alta, después de haberle dedicado considerable tiempo a la inspección de las hebillas de sus botas – Una Parca no es lo mismo que una Furia. Por ejemplo, él. – y señala al inmenso hombre lobo, ocupado ahora en meter la cabeza a un cubo de basura – Werewolf siempre fue una bestia. Vivió un tiempo como hombre, entre los hombres, comportándose y creyendo ser uno. Pero vivía bajo los caprichos de su instinto, una criatura de apetitos terrenales y vacías satisfacciones. Carne, deseos y pasión. Lo único que hice fue darme cuenta de su verdadero espíritu, dándole la forma que le correspondía. Solo eso. Siempre fue una bestia.
Werewolf lanza un aullido que le helaría la sangre a cualquiera y da un salto inmenso hacia la azotea vecina. Había detectado algo, y no se estaría quieto hasta averiguar de qué se trataba.
– Las Parcas – continuó Muerte – son mis emisarias, heraldos. Su función es más compleja, recoger las almas de los muertos y guiarlas por los Caminos Invisibles, dentro de los cuales ellas están atrapadas por el resto de la eternidad. Son, además, parte inseparable de mí. Mis ojos, oídos, voz, pensamiento. A donde quiera que ellas estén, yo estaré, lo que ellas descubran, yo lo haré. Nunca están solas, pues siempre me llevan consigo. Por eso ellas no me traicionan, me engañan o sienten desconfianza de mí. Las Parcas y yo, somos una sola.
A pesar de las palabras de Muerte, Susana sentía aún el odio vivo latiendo en su ser. Toda su vida había odiado a ese hombre, su mal llamado padrastro, su ahora asesino, y odio era lo único que le quedaba en el alma. Nunca conoció amor o compasión, ni se sintió querida o deseada. Tan solo aprendió a hacer lo que los demás hicieron con ella: odiar. Solo eso tenía ahora, odio y unas ganas inmensas de hacerlo sufrir, costase lo que costase.
– Pero las Parcas tienen tu poder. – interrumpió Susana, tratando de esconder su impaciencia. – Tu misma me lo dijiste, hace unos momentos. Tu poder y tu alcance, nada escapa de ellas, es decir, de ti. Ricos, pobres, poderosos, débiles, hipócritas o fieles, todos caen rendidos ante ustedes. ¿Porque no me permites unírmeles? También dijiste, que, si aceptaba transformarme en una Parca, la primera alma que tomase en mis manos para llevarla al Infierno sería la que yo quisiera, y te aseguro que ese malnacido se lo merece mas que nadie…
– Si, dije todo eso – arremetió Muerte de momento – pero creo que tu no te estas oyendo a ti misma.
Susana tuvo un sobresalto.
– ¿A que te refieres?
– Contesta esto – continuó Muerte – ¿Que tanto odias al que te asesinó?
La voz de Susana empezó como una marea lenta, que se eleva contra las rocas hasta estrellarse con toda la violencia contenida a través de los mares.
– Mucho. Con toda mi alma. Arruino mi vida desde la infancia. Mi maldita madre me abandonó con ese cerdo, y él me golpeaba, azotaba, violaba, obligaba a hacer cosas asquerosas… todo lo que conocí fueron sufrimientos, mi existencia se volvió tan terriblemente miserable, y solo me animaba el hecho de que algún día yo lo haría arrepentirse de todo, lograría que se humillase ante mí, que rogara por la misericordia que nunca me dio… Hasta hoy junte el coraje suficiente para tratar de vengarme, matarlo como el perro que es… pero… el era mas fuerte que yo… siempre ha sido mas fuerte que yo… el cuchillo que lo atravesaría a él, terminó atravesándome a mí. ¡Ahí esta mi cuerpo, destrozado, ultrajado hasta la ignominia, como testigo de su brutalidad!
– Entonces, – interrumpió Muerte – lo que pides se llama venganza.
– ¡Claro que deseo venganza! – gritó Susana con furia – ¡Quiero vengarme yo misma! ¡Con mis propias manos!
Podía verse en ese momento, a través de sus ojos, la oscuridad que germinaba en su espíritu. Negritud sin fin, sin tiempo, esperando una pequeña rendija abierta para brotar al exterior. Sus ojos eran gélidos, la llama de la vida hacia tiempo se había apagado, y vacíos, pues su alma no albergaba esperanza, tan solo rencor y desesperación.
Muerte se separó un poco de ella y busco desenfadadamente algo entre una pila de trastos viejos amontonados en una esquina de esa azotea ruinosa. Encontró un sucio y roto espejo de baño, lleno de sarro y moho, por lo que sacó un pañuelo negro de su pantalón y comenzó a limpiarlo, regresando al lado de Susana.
– La última pregunta. Antes de contestar, pesa la respuesta en la balanza de tu consciencia. ¿Eres capaz de sacrificar todo, absolutamente todo, tú futuro, tu esperanza, tu posible salvación, por cobrar venganza contra ese ser vil y despreciable?
Toda la existencia de Susana se reduce a este momento. Los golpes, las humillaciones, las torturas y tormentos, se funden en un mismo segundo. Espero toda su terrible vida para dar esta respuesta.
– Si.
Muerte ha terminado de limpiar el espejo. Se mira en él, y lo guarda bajo el brazo. Saca de sus bolsillos sin fondo un listón negro largísimo, enrollado en si mismo.
– Va en tu cuello, a manera de collar. Perdona la longitud, pero tengo que tener a todas mis Parcas aseguradas. Muchos han tratado de vencerlas o robármelas, y eso seria terrible, tanto poder no puede andar libre por allí.
Susana temblaba. Era como dar un gran salto hacia el vació hambriento, con la vana esperanza de encantar algo en el lejano fondo. Aun así, la fuerza de su rencor movió sus manos, y la sola idea de disfrutar su venganza la hizo apretar el nudo.
– No pasa nada – dijo ella
– Siempre hay algo de luz en las almas – habló Muerte, sin prestar atención a la última oración – Es como una proporción, a veces hay mas luz que oscuridad, o viceversa. Pero no podemos juzgar a lo luminoso de nosotros sin separar nuestras pesadillas más sádicas, porque incluso el más malvado tiene momentos de ternura. Cuando el Juicio se hace intrincado, los sometemos al Espejo. Tiene muchísimos nombres, pero yo solo le llamo El Espejo. Dirás, ‘¿a quien engaña? Es un pedazo de basura que acaba de encontrarse.’ Y yo te diría que lo importante no es el espejo, si no lo que ves dentro de él. Cualquier espejo es El Espejo.
– ¿Es como una prueba?
– No lo se – continuó – Eso depende de ti. De tu alma. Verás, la decisión que vas a tomar es una decisión muy importante, y no debe existir sombra de duda. Quizás toda seas oscuridad, y siempre fuiste una Parca, esperando morir para liberarte. Suele ocurrir. Quizás todo el enojo que llevas dentro sea una ilusión, en realidad eres buena y dulce, y no le deseas mal a nadie, y en el fondo de ti esta la esperanza de llegar a los Campos Gladios y pasar una eterna y pacífica felicidad. O quizás si quieres cobrar venganza, sacrificando todo lo que tienes y lo que tendrás para asegurarte que ese malnacido que arruino tu vida vaya lo más rápido posible a lo mas profundo del Averno. Como dije antes, no depende de mí, sino de ti. ¿Lista?
Susana asiente. Muerte coloca el espejo frente al rostro de ella.
– Sigue sin pasar nada.
– Aún.
El borroso reflejo del espejo le regresa su propia imagen, sin alteraciones. Ella se inclina a observarse mejor, y entonces, se encuentra con sus ojos, ahí, atrapados en el espejo. Ojos que no son sus ojos, sino 2 fragmentos brillantes de la noche más oscura, llorando lágrimas negras, derramándose por sus mejillas. Quiere gritar, pero una voz que no es su voz rasga el aire petrificado. Un grito sumamente agudo, que hiere, deformando la realidad, expandiéndola y volviéndola a contraer, helando los espíritus, saludando a Muerte. Susana aparta la mirada del espejo y mira sus manos, manchadas de lágrimas negras, y mira el suelo donde esta parada. Un charco de líquido espeso y oscuro, semejante al petróleo brota bajo sus pies, expandiéndose muy rápidamente. Ella cae irremediablemente, sumergida hasta más arriba de su cabeza en pura oscuridad. Extiende las manos, queriendo asirse de algo, pero es inútil, pues ella esta en el fondo, muy en el fondo, lejos de la luz y la realidad. La oscuridad la asfixia, la inunda, siente un silencio inmenso, embotando sus oídos. Deja atrás el dolor o la tristeza, sus pensamientos se disuelven en viscosa negritud, olvidando antiguos sufrimientos con las penas de la vida. Ha dejado de sentir angustia, desesperación, misericordia, remordimientos, piedad. Finalmente, sus ojos se cierran, sus pulmones se rinden y sus últimos rasgos se dirigen directamente a Olvido. No más rencor, frustración o miedos. Lo único que quedaba de ella, era el infatigable deseo de su venganza, y cuando ésta se cumpliese, se desvanecería por completo, esfumándose de su mente como una voluta de pálido humo. Susana dejó de existir, ahogada en su propio odio.
Es hora de emerger.
Muerte observa la pequeña laguna en la cual el antiguo espíritu de Susana se ha disuelto, y piensa en voz alta.
– Después de todo, si estaba en ti. Disculpa que me mostrase algo reacia, pero no he reclutado más Parcas desde hace miles de años. Me costaba trabajo creer… ¿cual era ese nombre que te dabas? Recién me lo dijiste, cuando nos conocimos, un nombre… Caribdis. Si, ese era. Ven Caribdis. Ven, hermana.
Algo sobresale de la oleosa oscuridad. Un manto burbujea y flota en su superficie, extendiéndose poco a poco, después, aparece la punta huesuda de una gigantesca ala de cuervo, y al momento siguiente, su compañera. Las alas emplumadas y negras se extienden, se agitan, elevando consigo la frágil espalda que las sostiene. Unos mechones largos y negros de cabello salen a la vista, informes, hasta que la cabeza emerge y cubren el rostro de la Parca recién nacida. El manto flotante se adhiere a su cuerpo, formando su túnica. Los brazos pálidos y delgados están al descubierto, el derecho se retrasa y jala del fondo la única arma que las Parcas poseen, su Guadaña, la Segadora de Almas. Un rostro carente de expresión se descubre entre las tiras húmedas de cabello, y derrama pesadas lágrimas negras. Intenta hablar por primera vez, pero se atraganta y el líquido oscuro y viscoso en que estaba sumergido le sale a borbotones, quedando como remanente un hilillo delgado en la comisura de los labios que no deja de fluir.
Caribdis ha nacido.
– Bienvenida a la familia. Bienvenida a casa. – dice Muerte con dulzura. – Por fin, juntas por toda la eternidad.
Caribdis da un tembloroso paso, arrastrando tras de sí la cola de su manto, con la empuñadura de su guadaña a manera de bastón.
– Hora de irnos. Solo falta esperar si Werewolf encontró lo que buscaba.
La Parca habla, con su boca rebosante de oscuridad.
– Mi venganza…
– Ah, si, eso. Cuando llegue Werewolf. Te advierto que nos podremos tardar un poco en encontrar a ese bastardo, las cosas se mueven diferentes en los Caminos Invisibles, pero la tendrás muy pronto, te lo prometo. Un pacto es un pacto.
Muerte repara en el Espejo que aún tenia entre sus manos. Volteándolo, lo observa. Una lucecita pequeña está encerrada allí, titilando suavemente, golpeando el cristal tratando de escapar.
– Sal. Se libre.
La lucecita flota en el aire, y se transforma en una mariposa nocturna, elevándose sin demora por los vientos fríos de la medianoche. La última parte luminosa de Susana, el último pedacito puro de su espíritu. Muerte la observa con curiosidad, hasta que se pierde en los edificios.
– Vuela lejos y ten una vida de mariposa feliz. – le dice, dedicándole una sonrisa – Nos veremos más tarde. Por otro lado, ese condenado lobo ya se esta tardando demasiado…
Werewolf llega de pronto, jadeante, con un olor penetrante a bestia y a sangre, con dos brazos mutilados en la zarpa izquierda y una cabeza humana remoliéndose en su fauces. Al parecer esta satisfecho consigo misma, pues aúlla largamente a la luna y despliega la totalidad de su cuerpo bajo las estrellas.
– ¿Todo listo? ¡Buen chico! – y los 3 parten de allí, a lo invisible, a través de una puerta cualquiera.
Pues toda puerta lleva a los Caminos Invisibles, y nadie puede decirnos lo que encontraremos cuando entremos en ellos. Solo nosotros mismos, pues para algunos será el inicio de un gran viaje, un redescubrimiento. Para otros, recompensas o castigos. Y otros más, simplemente regresarán a casa.

La luna llena arriba al cielo nocturno con su corte de estrellas. Un viento frío sopla por encima de la ciudad, murmurando canciones en idiomas desconocidos para los que habitamos esta tierra. Y, allá, en el silencio, ocurren tantas cosas…

 

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