De Muerte y sus relatos II

El nacimiento de Werewolf

Estaba sentado en el cofre del auto, con su saco abierto descansando en sus hombros, y una taza de café caliente entre las manos. Veía todo, muy de cerca, asustado, temblando.

– Pruébalo antes de que se enfrié. Te hará sentir mejor.

Ella estaba vestida completamente de negro, pantalones de mezclilla, botas, cinturón con aplicaciones de plata, camiseta de algodón y un gran ankhá colgando de su cuello. Su largo pelo negro y rebelde estaba suelto, contrastando con la palidez de todo su cuerpo. Tenía los ojos más fríos que la noche en la cual estaban. Los numerosos policías contenían a los curiosos y abrían paso a los paramédicos, y, poco después, a la camioneta del forense. Ahora estaban llegando los ruidosos periodistas, fotografiando y filmando cada detalle mórbido, entrevistando a cualquiera que pasase por allí, como supuesto testigo del accidente. Y probablemente lo fuese, pues ¿cómo evitar no ver una volcadura en el centro de la cuidad con muertes triples justo en la hora pico?

Él toma un sorbo de su café. Está delicioso. Buen aroma. Ella también toma, y lo saborea.

– ¿Sabes? Antes, yo era afecta al té. Todos los tés e infusiones existentes. Pero estos últimos siglos son mi época del café.

– Quiero ver

– ¿Qué cosa?

– Quiero ver más

– ¿Tu propio cuerpo despedazado? Adelante. Espero que eso te acabe de convencer en la situación en la cual te encuentras.

– ¿Despedazado, dices? Sólo recuerdo muy bien…

– El haber salido de tu trabajo, tu posterior ida a un bar, tu ligue con el primer par de rubias no muy recatadas que encontraste, subiéndote al coche completamente ebrio, tomando posteriormente la vía rápida. Lo que ya no recuerdas es que conducías erráticamente, llegando al segundo nivel de la autopista, y frente a una curva que se dirigía a la derecha, tú diste un volantazo a la izquierda, chocando contra un poste de luz, derrapando y saltando por el muro de contención, cayendo al primer nivel, transformando tu coche en un montón de hierros retorcidos, contigo y tus 2 conquistas del momento adentro. Me gustaría saber qué fumaste antes de hacer eso, pero si quieres en realidad ir, hazlo.

Con los pies en la tierra, camina hacia el gentío. Los policías y gente ayudante de la oficina del forense recogen los restos. Los bomberos ayudan a remover los destrozos. Primero, los restos de una mujer decapitada, con los hombros machacados. Su cabeza no se encuentra a primera vista. La otra, a su derecha, no posee ambas piernas, y está enterrada en el asiento trasero. Y él mismo, está partido en dos, su torso abrazando el tablero y su cadera debajo del volante. Su cabeza ha sido aplastada, pero aún conserva remanentes de su forma original.

Quiere vomitar. Se arquea varias veces y un mar de nauseas los inundan. Ha pedido todo el color de su rostro, tratando además de controlar su jadeo. Ella está detrás de él, y le regresa la taza de café.

– Toma un trago. Te dije que te haría sentir mejor.

Lo hace, y ciertamente, se tranquiliza un poco.

– ¿Creíste que esto nunca iba a pasar? ¿Que nunca te alcanzaríamos?

– Yo, no creí nada. Para mí sólo era… no lo sé… yo… Pensaba que el morir sólo era dormir… ausencia de sensaciones, de pensamientos. Como cuando una computadora se apaga.

– Malditos adoradores de la tecnología. Hacen que el respeto disminuya. Ahora ya lo sabes que no. Estás muerto, y tu viaje no ha hecho otra cosa más que empezar.

Ve adelante de él las siluetas de las dos mujeres. Y ve horrorizado la presencia de 2 ángeles negros que las toman de las manos y desaparecen con ellas.

– De seguro te estás preguntando qué pasará ahora ¿no?

– ¿Quiénes…? ¿Qué era…?

– ¡Ah! Lo siento, olvidé presentártelas. Siempre andamos muy ocupadas… ellas eran Parcas, Sísifo y Angelique. Ellas son Venus y Andrómeda. Vienen por ti.

A un lado de Muerte, 2 damas encapuchadas se materializan de vapores y nieblas oscuras. Mantos negros las cubren, escondiendo sus hermosos rostros, portando ambas una enorme hoz ruinosa y temible, cubiertas por sus alas negras que descansan ahora. Están a un lado de su señora y ésta no les ha ordenado volar aún. Él las ve, y les encuentra un tremendo parecido a 2 amigas suyas.

– ¿Susan… Natalie…? ¿Ustedes?

– Empecé con el pie izquierdo. Es lo que no me gusta de los escépticos. Quítense los rostros, por favor. De nuevo, te presento a Venus y a Andrómeda.

Las Parcas obedecen a su ama, y desgarran con fuerza la piel de sus caras, ante los gritos de pavor de él. No están vivas. No hay dolor. Sólo son máscaras de carne y sangre, para hacerles más fácil el viaje a las almas que recolectan. Cuando por fin han llegado al hueso, y son solamente un cráneo ensangrentado, se detienen.

– Les brotará de nuevo, no te preocupes. Mis Parcas son espíritus, mis espíritus – Muerte se apoya de nuevo en un auto, y toma los últimos tragos de su taza – Yo no soy Dios, y no puedo estar atenta a todas partes. Necesito ayuda. Y ellas son una gran ayuda. Viajan de aquí a allá, por la totalidad de los Caminos Invisibles, llevando a las almas de los muertos a su juicio y ejecutando los veredictos. Después de eso… bueno, pertenece ya a otra dependencia. Además, y te cuento esto porque me caes bien, tengo también a mis Furias. Espíritus caóticos hambrientos de destrucción que me echan la mano en recolectar almas rebeldes… u otro tipo de menesteres, de tan largo relato que ameritaría otra taza de café. Las controlo mediante eso – le enseña un medallón, con un sello en su centro, envuelto en un listón arrugado, por estar tanto tiempo dentro de su pantalón.- Un regalo.

– Entonces, ¿de verdad existe el cielo y el infierno?

– Claro que sí.

– Y yo…

– ¿A dónde irás? No lo sé. Yo sólo soy la puerta. Lo que hay al final del camino no puedo predecirlo. No en este momento. Pero tú si puedes saberlo. – Los ojos de Muerte se entierran en el alma, gélidos, implacables – Hay algunos pecados en tu expediente. Grandes pecados. – acercándose a él, camina a su alrededor, hablando en voz baja, observándolo, escudriñando su corazón, amedrentándolo – Robo. Asesinato. Lujuria. Adulterio. Incesto.

Siente cómo su corazón se detiene. Todas sus memorias se amontonan en sus ojos, sus culpas olvidadas. La totalidad de sus pecados. Creyó que nunca regresarían, que realmente estaban perdidos, descartados. Y nunca pensó que todo eso, esos placeres momentáneos, esas glorias secretas saldrían ahora, listos para condenarlo al peor de los infiernos.

– Sé lo que le hiciste a esas niñas.

-¡CÁLLATE! – Su rabia era sólo una reacción, un estado de negación.

– Por lo que veo, ya dedujiste a dónde vas a ir. Sabes que el juicio es inevitable, y que el veredicto inapelable. Claro… podemos hacer un poco de trampa

-¿A qué te refieres? ¿Existe alguna manera de no ir al infierno?

– No precisamente. Hablo de evitar el infierno por un tiempo, un par de eones, no más. ¿Te gustaría ser una de mis Furias? Es un buen trabajo, estableces tu propio horario, la remuneración y las prestaciones son buenas… claro, dejarías atrás tu condición humana, tu conciencia, y tus recuerdos, siendo un lacayo leal ante todas mis ordenes… pero con tal de no ir al infierno…

– ¿Tengo que hacer algo?

– Sólo ponerte esto.

Muerte saca un collar de perro de su bolsillo. Tiene una delgada cadenilla de oro por correa. El lo toma entre sus manos. Duda. Pero ir al infierno… Lo coloca en su cuello, tembloroso.

– Eso. Bien apretado.

– Ahora…

– No te preocupes. No dolerá. Sabes… – una luna llena preciosa se despoja de nubes en el cielo nocturno – no tengo un hombre lobo. Sería cool tener uno. Para mi colección.

Sus ojos ver la luz mortecina de la luna, y siente un ardor dentro de él. Se ha empezado a transformar. Grita, se retuerce y se desgarra la piel. El pelo de lobo empieza a brotarle, y su boca se colma de colmillos, entre una agonía tormentosa. Mira a Muerte, quien está sonriendo.

– Lo siento… ¡no puedo evitar hacer siempre esa broma!

– Dijiste… dijiste… – su voz se va perdiendo entre gruñidos, su lengua se va haciendo más torpe, su boca más larga – no dolor…

– Ésa es la broma. Sí hay dolor. Y mucho.

Para evitar el Juicio, hay que borrar el alma. Primero, las memorias, lo que te hacen ser tú mismo. Luego, tus sentimientos, no más amor, no más odio, nada de compasión. Después, tu capacidad de razonar, de pensar, de generar ideas independientes y libres. Sólo consigues posponer el Juicio si te vuelves algo completamente diferente a lo que eras, si rechazas tu humanidad, tus ambiciones, tu espiritualidad. Su cuerpo ha cambiado, ahora es más grande, se ha llenado de músculos, órganos y apéndices nuevos. Lo cubre ahora un espeso pelaje pardo. Garras y colmillos terribles le han nacido. Y, como debe ser, la metamorfosis más impresionante está en su mente, en su nuevo espíritu. Ahora, sólo tiene una idea. Alimentarse. No sabe hablar, expresarse, ignora su estado, su situación, su futuro o su propósito. La única voz que entiende es la de su ama, y el único mandato que conoce es destruir. Una bestia inmensa, hambrienta de corrupción.

– Eso, buen chico… – A pesar de su fortaleza descomunal, la pequeña y delgada Muerte lo tiene bien sujeto de la cadenilla de oro, y, ante un suave movimiento de su muñeca, lo somete y derriba al suelo – Buen chico. Te llamarás de ahora en adelante… Werewolf. Lo leí en un libro, supongo. Pórtate bien y te daré un gran filete para cenar – Werewolf aúlla y se incorpora. – Tenemos que irnos ya. Hay que buscarte un nuevo cubil y todo eso, además de que debes acostumbrarte a los Caminos, y a las demás Furias. Ahora que lo pienso, la próxima Furia que reclute, le daré forma de algo con alas. Una arpía o una esfinge. Sí, eso haré. Los dragones no me gustan, mucha comida y mucho espacio. Tanto que hacer…

Escondidos ante nuestros ojos, suceden muchas cosas. Increíbles, fantásticas, tenebrosas. Lo creamos o no, depende de nosotros.

Y él, bueno… él ya no existió nunca más.

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