Diario. Epílogo

Ella estaba detrás de una puerta, escuchando. Descendía la frecuencia de su respiración, a pesar de que su corazón aún convulsionaba por la adrenalina. Sujetó con más fuerza la navaja, y la colocó en posición de ataque.

<< Cuando vives en Gotham >> se decía <<tarde o temprano, te encuentras con él. >>

– No quiero lastimarte.

Moviendo lentamente la cabeza, inspeccionó el salón. Estaba bañada en sangre ajena. El olor la delataría.

– Necesitas ayuda, Dunia.

Podía escucharlo, adentro de su cerebro. Pero tenía que evitarlo costase lo que costase. Todavía se sentía demasiado nerviosa y desconcentrada. La medianoche entraba a través de las altas ventanas, colándose entre las cortinas cerradas. Inhaló el ambiente. Pasando por sillones y mesas bajas, buscaba una salida alterna. De repente, se encontró a si misma dando vueltas en el mismo sitio. Un hombre muerto manchaba de sangre la alfombra.

– El Dr. Arkham me habló de ti. – decía él, en las sombras, en el punto ciego de todas las miradas. – Tu nombre completo es Dunia Petrova Rashmukhin Raskólnikof. Viniste de Omsk con tus padres, cuando tenías diez años. Vivieron y trabajaron en la carnicería de tu tio paterno hasta que la mafia rusa en Pequeña Odessa, aquí en Gotham, los asesinó. Y tu tío llegó a un acuerdo con ellos, para salvar sus vidas y el pequeño negocio: ayudaría a la mafia a deshacerse de los cadáveres y guardaría silencio. A tus once años fuiste obligada a desmembrar cuerpos, con la sierra eléctrica, limpiar los huesos y poner la carne en el molino. La vendían a los vecinos. Eso te horrorizó de por vida.

Ella pisó la sangre. Vio el rostro del hombre muerto.

<< Yo te maté. >>

Regresó a ella la sensación de los filos lacerando la piel, la dulce sangre salpicando a sus mejillas. Pero no recuerda como llegó allí. O el porqué empezó a matarlos a todos.

<< Tengo que salir de aquí. >>

Prosiguió avanzando hacia un salón de recreación, haciendo tronar los cristales en el suelo al caminar. Vio a dos hombres que yacían sobre las mesas de billar. Sus pistolas estaban en el suelo, con los cartuchos a medio vaciar. Uno tenía un taco enterrado en el ojo. El otro, ostentaba una herida inmensa que atravesaba su cara y casi abría su cuello por la mitad. La sangre estaba seca. Ella volteó sobre su hombro.

<< Se que me estás siguiendo. No logro verte, sin embargo, bien sé que estás ahí. Siempre has estado allí. >>

Él, de momento, era testigo de la masacre producida por la ansiedad. Podía descifrar el significado de cada golpe, corte y muerte, llenos cada uno de nerviosismo e intranquilidad. Una bestia salvaje acorralada, huyendo de sus captores y de si misma. Evitaba la confrontación directa, aun cuando la policía ansiaba un fin rápido y espectacular, someter a la asesina maniática cuanto antes. La noticia de una psicópata suelta no era muy halagadora para el departamento. Pero el había decido darle tiempo. Todo el tiempo que ella pudiese necesitar

– Los mafiosos siempre quieren más, ¿cierto Dunia? Creyeron que tu tío pagaría por ti, y te secuestraron. Algo salió mal en el plan. Una adolescente solitaria y retraída logró asesinar a sangre fría a tres matones armados. No solo eso, te deshiciste de los cuerpos, justo como te enseñaron a hacerlo. Tu tío se suicidó colgándose del techo del rastro. Cuando lo encontraste, te quedaste sola. Sola y libre para desaparecer y olvidar. Pero, uno nunca olvida, Dunia. Uno nunca olvida.

Ella recupera la orientación. Está en la mansión de León Jrushchov. La vía de salida más cercana está pasando el comedor, la cocina y la puerta de servicio. Acelera más sus pasos. Encuentra más mafiosos muertos. Al asomarse por la ventana del pasillo, ve las patrullas con sus reflectores rodeando la manzana.

<< No. >>

Ella no se entregaría. No cedería sin pelear. No ha hecho nada malo.

<< Esos malditos se lo merecían. ¡Solo estaba defendiéndome! ¡Defendiéndome! Además, eran criminales, asesinos, violadores. Un puñado de cretinos que creían poder hacer lo que les viniese en gana. Se lo merecían. Todos los cortes que les hice. >>

Tenía un cuchillo en la derecha, y sacó de por debajo de la blusa otra navaja para la mano izquierda. Lucharía, inclusive si eso significaba regar la tierra con su propia sangre. Aún contra el campeón de Gotham. Aquel que se aparecía donde menos se le espera. Regurgitado de la noche, envuelto en penumbras.

<< En el asilo decían que le tuviese mucho cuidado. Mantenerme preparada. Porque el viene por nosotros. El nos lleva de regreso, una y otra vez. “

Empuñó sus navajas y se dirigió al comedor, recelosa como un felino. Sabía que él iba tras ella, observando cada una de sus reacciones. Eso era verdad. La observaba.

– La juventud es tu mejor arma, Dunia. Las primeras víctimas ni siquiera sospecharon el tipo de muerte que tendrían bajo tus manos. Ladronzuelos, criminales de poca categoría, vagos, acosadores. Animales dignos tan solo de ser disecados y coleccionados. Descuartizados. La policía encontraba lo poco que dejabas de ellos, o tus trofeos grotescos que olvidabas tras tus huidas. Sin tardanza, dedujeron lo torcida que estaba tu mente. Cuando te capturaron, de inmediato fuiste admitida en Arkham.

Alguien salió repentinamente de una alacena, con el arma en alto, al escuchar a la chica acercarse. Estaba pálido y aterrorizado.

– ¡Quieta, perra demente! ¡Voy a volarte la puta cabeza!

Ella permanece serena. Da un paso más.

– ¡Te dije que no te movieras!

Ella, con agilidad majestuosa, salta ha un lado y esquiva la bala, se alanza a su enemigo y lo sujeta del brazo armado. El filo rasga la ropa, recorre la piel y corta la carne. La sangre fluye y ella la aspira.

– Ah… mucho mejor…

El otro filo toca el cuello. Un solo movimiento más, un poquito de presión, y el hermoso torrente bermejo la llenaría de paz y tranquilidad.

– Dunia, no lo hagas.

El batarang aguardaba preciso en su mano. Agazapado, cubierto por la sombra, estaba a un segundo de someterla. Pero debía decir algo más, antes de terminar con todo.

– El Dr. Arkham me dijo que padeces de lagunas mentales. Que en ocasiones sufres desorientación en tiempo y espacio. Permíteme que te lo recuerde. Permíteme ser tu consciencia.

Ella tenía al hombre bajo el brazo, con la navaja en la garganta. Lo sentía venir, lo sentía verla, esos pasos cautelosos y medidos. Pelearía. Pelearía hasta morir. Incluso contra él. Apretó más el filo contra el cuello de su rehén, inflingiéndole dolor.

– Dunia, no lo hagas. Escúchame. El asilo te dio la libertad condicional. Los psiquiatras te creyeron curada, pero tú y yo sabemos que eso es mentira. Uno nunca olvida. La mafia rusa te reencontró, y creyó que podía chantajearte, manipularte con dinero y drogas, para tenerte en su bolsillo con una bozal en la boca. Posiblemente amenazaron con denunciarte a la policía. Te trajeron aquí, contra tu voluntad. Sin embargos, ellos no te conocían en realidad, y pagaron por su ignorancia, ¿cierto? Te pusieron muy nerviosa. Y solo una cosa puede calmarte.

Ella sujetaba al rehén que se retorcía como un ratón. No soltaba los filos.

– Voy a destriparlo.

– Déjalo ir.

– Es un maldito.

– Míralo. Le causas terror, Dunia.

Ella baja la mirada. El tipo tenía los pantalones mojados. Le había hecho un leve corte en el cuello, pero el brazo con el arma estaba empapado de sangre. El hombre no podía hablar del miedo.

– Acabaste con los tendones de su mano derecha. Recibió suficiente castigo, déjalo ir. A cambio, te daré algo especial.

– ¿Qué puedes tener tú, que sea de interés para mi?

– Sangre, Dunia.

Ella abre los ojos desorbitadamente. Lanza al matón contra el suelo y corre hacia el murciélago que permanece quieto, aguardando el golpe del cuchillo, sin ofrecer resistencia. Las navajas atacan, intentan herirlo. Pero solo logran un corte, que libera unas cuantas gotas rojas.

-¡Quiero más! ¡Más!

Él la sujeta de ambas manos. La profundidad de la voz se filtra en sus oídos ansiosos.

– En tus terapias, mencionaste una vez que la sangre era amor, vida, energía. Lo que en realidad quieres no es matar. Es amor. El cariño y calor que se te ha negado, quieres bañarte en él, quieres sentirlo, saborearlo. Solo quieres que te amen.

Los filos tintinean en el suelo. Cae a sus pies. No esta rendida, sino agotada.

– Siempre me pregunté si existías. De que color sería tu sangre. Si olería igual.

Se abraza a sus botas. Él no la detiene.

– ¿Sabes como me llamaron los periódicos? Reaper. O la Carnicera. Pero yo no soy ninguna de ellas. Hace mucho que dejé de ser Dunia. No se lo que soy, Batman.

– Eres una joven solitaria y triste, que necesita ayuda.

– Aquí afuera – continuó Dunia – es un jardín de horrores. Lo sabes mejor que yo. Creo que ya me harté de la podredumbre e hipocresía del mundo civilizado. Creo que es hora de regresar al asilo. Es el único ligar en donde las cosas tienen sentido. Pero, ¿puedo pedirte un favor? No me entregues a los policías, no quiero que me tomen fotos o que se me acerquen esos estúpidos periodistas. ¿Están allí afuera, verdad? Esperando a filmar la paliza que me darás. ¿A cuantos maté esta vez?

– Treinta y dos hombres, incluyendo al jefe de la mafia rusa en Gotham, Rodia Sergeilovich.

– ¡Pero ese hombre es enorme! ¿Cómo lo hice?

– Enterrándole una cuchara en el ojo. Luego lo degollaste con un cuchillo y lo lanzaste a sus guardaespaldas.

– Curioso. No lo recuerdo.

Dunia ve el mantel blanco sobre la mesa de banquetes. Luego, se ve a si misma completamente bañada en sangre y sudor. Va a la mesa y tira del mantel.

– Antes de irnos, quiero hacer algo. Por favor, no mires.

Anotación del Dr. Jeremiah Arkham en el expediente de Dunia….

“Estamos en el primer aniversario del regreso de Dunia mediante una entrada teatral típica de Batman. El vigilante llegó en la madrugada, con un bulto de tela blanca cargando en brazos. Al presentarlo al guardia, ser revelaron unos pies descalzos por entre los pliegues de la manta. Creímos que traía a una persona inconsciente, cuando una mano manchada de sangre emergió del envoltorio, saludando al personal médico de guardia. La cabeza de Dunia se elevó de entre los brazos de Batman, quien la depositó en el piso, y partió sin dar explicaciones. No entendíamos porque ella se aferraba al mantel, hasta que nos percatamos de que estaba completamente desnuda, dándonos así la máxima sorpresa de la noche.”

“Con respecto a su estado mental, sigue estando inestable y errático. Refiere continuamente que “llegó al mundo por medio de un huevo incubado por un murciélago hematófago”, originando nuestra discusión acerca de que si ella toma ese evento como contrapunto importante en su vida, o sencillamente nos está tomando el pelo. Persisten sus amnesias a largo plazo, pero ahora es más fácil – relativamente – hacerla relatar eventos de su infancia o asesinatos cometidos. Tocante a ese tema, el comité me exige que la reubique con los internos de máxima seguridad, a lo cual yo me niego rotundamente. Durante su internamiento no ha presentado datos de violencia, agresividad, o intentos de fuga. Asiste con puntualidad a las sesiones de terapia, toma sus medicamentos, lee asiduamente, y pinta al óleo (sus colores favoritos siguen siendo el rojo y el negro, los cuadros siguen siendo perturbadores y escalofriantes), la he puesto en roles de jardinería, biblioteca, lavandería, e incluso apoyo a pacientes con retraso mental y todo lo ha hecho con entusiasmo y esmero. Probablemente a esa causa cometimos el error de darle la libertad la libertad condicional Evaluamos sus conductas, no sus pensamientos. Creímos que al actuar con normalidad, ella se volvió normal. Sin embargo, no fue así. No puede estar afuera. Al igual que el Joker, no comprendemos la locura de Dunia. Tengo al Dr. Rashan, la Dra. Akutagawa y al Dr. Rossman trabajando en ella y cada uno me da diagnósticos y pronósticos distintos. Pero concordamos en que Dunia es hipersensible al mundo, una seda vibrante al más débil aliento, la cual estalla ante lo irracional y corrupto de la sociedad convencional. Citando a Mei (la Dra. Akutagawa) “no sería anormal descubrir que Dunia es mucho más cuerda y sensata de lo que podríamos siquiera llegar a comprender.”

FIN

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